El dolor de Miriam
Publicado en Séptimo Sentido / 26 de julio de 2015
A Miriam* le quitaron la mitad de su vida hace más de un año. Esta ya había cambiado un poco desde la muerte de su esposo, pero después de algunos meses de duelo había empezado a recuperarse, vivía junto a sus dos hermanas, veía a sus hijos y nietas regularmente. Su vida había continuado. Pero el año pasado esta mujer de 69 años no pudo con el dolor que tocó la puerta de su casa esa mañana de abril.
Al igual que muchos otros días, Miriam salió junto a su hermana mayor a caminar. Ella iba vestida modestamente, pero su hermana era una coqueta. Usaba licras y camisas llamativas en sus salidas matutinas. Más de alguna vez, antes de salir de la casa, Miriam le soltó una burla blanca sobre sus atuendos con un: “Tan coqueta que sos, ¿verdad, mona?”
Esa mañana también dieron un paseo por las cuadras de esa colonia de clase media de una ciudad al occidente del país. Salieron del portón café hacia la izquierda y cruzaron varias calles hasta regresar a la de su hogar por el otro extremo de la cuadra. Ese camino les traía, la mayoría de días, un encuentro agradable. Su hijo mayor, José*, vivía solo a unas casas de distancia y tras la caminata se veían, se miraban, se saludaban, se daban el buenos días antes de que él y su esposa fueran a dejar a su hija de cinco años al colegio. Ese día solo lo encontraron a él y a la niña, los saludaron y siguieron su camino hacia la casa.
Regresaron de la caminata a la casa, se bañaron y empezaron a desayunar. Después de comer irían a cuidar de las plantas que tenían en el jardín. Pero el sonido de la puerta de la calle las sacó de la mesa. La hermana mayor, Carla, una mujer de 79 años, se dirigió a la puerta. Miriam escuchó la bulla y decidió dejar su desayuno y salir del comedor a la cochera que también hace de sala. Ahí, su hermana le dio la noticia que le quitaría la mitad de la vida.
Los dos hombres que llegaron a tocar la puerta, uno el jefe de José y otro más, quien Miriam no recuerda quién era, habían llegado a decirles que José había sido asesinado, después de haber dejado a su hija en el colegio, pocas horas después de haberle dado el buenos días a su madre. En el camino a su trabajo, dos hombres se le acercaron, uno le disparó en la espalda y huyeron.
José fue una de las 3,942 víctimas de homicidios que El Salvador registró el año pasado y su madre, al igual que tantas otras en este país, se ha tenido que enfrentar con la muerte de un hijo y con la impunidad que rodea su homicidio.
La muerte de José adentró a esta familia en una espiral emocional a la que le siguió la muerte de una tía, la depresión de una madre y la separación de una nieta. Miriam cuenta su historia como una forma de catarsis, como una forma más en la que busca justicia por esa muerte que la arrancó de su normalidad y la sepultó en una depresión de la que empieza a salir con la ayuda de terapia psicológica.
Debido a las circunstancias en las que José murió, el que más de un año y medio después todavía no se ha determinado los culpables del crimen y para reservar la privacidad de Miriam y su familia, los nombres de ella y su familia han sido modificados y los detalles del homicidio serán omitidos. Porque esta no es la historia de un homicidio, es la historia de una madre que perdió todo y que tras seis meses de terapia psicológica empieza a salir de una depresión. Y eso es lo que la hace resaltar entre tanta muerte que pasa por este territorio de poco más de 21,000 kilómetros cuadrados.
Por cada persona que muere asesinada, tres, cuatro, cinco o más familiares se ven afectados con un trauma que puede dejar secuelas psicológicas severas. En la mayoría de casos los familiares de las víctimas de homicidio quedan sin un acompañamiento psicológico. La impunidad en que queda el 95 % de los homicidios de este país también afecta a sus familiares y ahora esta madre tiene un nuevo objetivo de vida: que el Estado le responda su pregunta: ¿Por qué mataron a mi hijo?
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“Sobrellevar con la pérdida de un amigo cercano o un familiar podría ser uno de los mayores retos que podemos enfrentar”, describe la Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) en su centro de ayuda de su página web. El paso del tiempo, asegura el artículo, permite a la mayoría de personas a recuperarse de la pérdida si se tiene apoyo social y se mantienen hábitos saludables. Sin embargo, hay quienes se ven afectados por más tiempo y esto afecta su capacidad de llevar a cabo actividades cotidianas. A esto se le llama un duelo complicado y para superarlo estas personas podrían beneficiarse de ayuda de un profesional de salud mental, continúa el artículo.
La última vez que Miriam se había enfrentado a la muerte fue con el fallecimiento de su esposo casi tres años atrás. Antes de las 12 del mediodía de ese día de agosto, el teléfono sonó.
—¿Qué estás haciendo de almuerzo, vieja? –la voz de Carlos* preguntó desde el auricular.
Miriam estaba en la casa de su hija Andrea*. Su rutina diaria incluía que Andrea la fuera a traer y la llevara a su casa para cuidar a su nieta, mientras ella trabajaba. Ahí también llegaría su esposo Carlos a almorzar. El menú de ese día incluía bistec. —Ya voy a llegar porque tengo que irle a sacar el dinero a mi jefa –continuó desde el otro lado del teléfono. La única petición que hizo antes de colgar fue que al bistec lo acompañaran papas fritas.
Carlos ya estaba en la ciudad después de su viaje desde otro lugar de occidente en el que trabajaba, pero iba a pasar donde su madre a dejarle dinero. Era ingeniero. Colgaron el teléfono y Miriam continuó preparando el almuerzo, incluyendo las papas que le había pedido. Agarró un bol, le puso agua, peló y cortó las papas y las dejó ahí, esperando a que su hija y su esposo llegaran para ponerlas a freír.
Las papas quizás quedaron en el tazón o quizás en alguna caserola fríendose hasta que alguien las apagara. Miriam no recuerda. No recuerda qué hizo con la comida después de la llamada que recibió. Carlos había tenido un infarto dentro de un bus, le dijo un policía por teléfono. Está bromeando, fue la primera reacción de Miriam. —No esté bromeando conmigo, dígame la verdad, no bromee conmigo –recuerda sus palabras que se agudizan en las es y las is, como ahogando el recuerdo y el dolor. No era una broma. Cuando unos policías trataron de ayudarlo, ya era muy tarde. Quedó tendido por unos canastos que estaban en la calle.
Después de la pérdida de Carlos, quien tenía 64 años, Miriam no pudo dormir bien durante un año. Pasaba las noches esperándolo. —Ya va a venir –se decía a sí misma mientras el sueño la evadía. Esas noches las soportaba viendo televisión. Treinta y siete años de matrimonio terminaron y dejaron a Miriam incluso con secuelas físicas. —Me temblaba todo esto –dice mientras lleva hacia su cara sus manos donde todavía lleva su anillo de matrimonio. Se conocieron cuando ella estudiaba en la Escuela Normal y él terminaba su bachillerato.
En total, Miriam y Carlos estuvieron casados durante 37 años, tuvieron un hijo y una hija y para 2011 ya tenían dos nietas, una por cada uno de ellos. —Mi vida era bien linda. Me casé con un hombre bien lindo y responsable. Bien buena gente fue conmigo y con mis hijos –dice Miriam antes de aceptar el pero de esta relación. Cuando eran novios, él era bien novio, pero cuántos hombres no son así, justifica. En retrospectiva, sentada en una sala de la casa a la que se mudó después de enviudar, agrega que aprecia más la responsabilidad, el buen ejemplo, el que nunca les faltara algo. No pudieron comprar una casa propia, dice, porque prefirieron darles una educación a sus hijos quienes para ese entonces ya eran profesionales. Ellos, ambos casados, sí pudieron comprar casa.
—La muerte, en general, es una condición que impacta a todos –comenta el jefe del Programa Nacional de Salud Mental, el doctor Arturo Carranza Rivas. Algunas de las situaciones que se pueden presentar durante un duelo, explica, pueden ser trastornos de sueño, trastornos de ansiedad, trastornos de estrés postrauma, dependiendo si se presenció el hecho o no. Además, otro factor es el papel que la persona que fallece tenía dentro de la estructura familiar.
Cuando Carlos llegó a la edad de jubilación tomó dos decisiones. Primero que prefería recibir el dinero de la pensión en un solo desembolso en lugar de varios porque continuaría trabajando. Y segundo –esta fue por sugerencia de su esposa– que repartiría el dinero entre sus hijos. Esto solo tenía una condición: que le pasaran desde ya una pensión mensual a su madre: $125 cada uno.
Al ver que su madre no mejoraba después de la muerte de su padre, Andrea y José acordaron sacarla de la casa donde había vivido con su esposo. Hicieron una venta de garaje en la casa de Andrea y se mudó al hogar donde vivían sus hermanas, una seis y la otra 10 años mayor que Miriam.
Después de la muerte de su esposo, Miriam creó una vida junto a ellas. Una también había sido maestra y entre sus pensiones y el dinero que José y Andrea le daban, sacaban los gastos de la casa. Pero la muerte de su hijo vino a vulnerar la cohesión familiar una vez más.
Parches recubren la memoria de Miriam sobre el día en que su hijo murió. —Yo desde ese momento, ya no sabía nada –dice. Más de un año después, cuando habla de su hijo su voz se corta para dejar pasar suspiros, lágrimas y llantos.
Miriam autorizó a su psicólogo que comentara sobre su caso. Este aceptó bajo la condición que se ocultara su identidad porque forma parte de una institución del Estado y no está autorizado para hablar. El psicólogo considera que José había asumido el papel de líder de la familia después de la muerte de su padre. Cuando él fue asesinado, su madre y su hermana quedaron a la deriva. —Han quedado descabezadas... –comenta mientras toma una horchata en una cafetería repleta de clientes.
Pasó la vela, el entierro, las misas, los 30 días de la muerte de su hijo. Y el impacto de ese evento, sin embargo, quedó durante tres meses relegado a un segundo plano. Miriam asegura que desde la muerte de José su hermana mayor, la coqueta que usaba licras y camisas llamativas para caminar, dejó de comer.
Comida aguadita y Ensure, un suplemento alimenticio, era con lo que tentaba a su hermana para que llevara algo a su boca. Hasta que a finales de mayo, mientras almorzaban, le dijo que se sentía muy mal. Y Miriam le ofreció ir, otra vez, al Seguro Social. Las visitas ahí se habían hecho cada vez más recurrentes. A veces una vecina les hacía el favor de llevarlas, a veces, pagaban $3 de ida y $3 de regreso a un taxi. Pero la economía familiar mermaba.
El almuerzo quedó en la mesa y Miriam llamó al taxi. Después de varios exámenes un doctor le dijo que su hermana tenía el hígado inflamado. Por qué no se habían fijado, reclamó. Su respuesta fue contarle que ya le había prescrito una serie de exámenes y que estaban en proceso de realizárselos. Luego, Miriam le relató cómo las había afectado el homicidio de su hijo casi dos meses atrás. Esa noche, su hermana durmió en el hospital. A la mañana siguiente les informaron que tenía metástasis, el término que se usa para describir cuando un cáncer se ha diseminado por el cuerpo.
A veces las fechas no están muy claras en la mente de Miriam. A veces un evento pasó una fecha y días después dice que ocurrió en otra. Quizás por eso apunta todo en un cuaderno: las medicinas que le recetaron a su hermana, la fecha en que fue ingresada al Seguro Social, los exámenes que le hicieron.
Dentro de esa agenda también tiene otro evento apuntado. Por primera vez ella y su hermana tuvieron contacto con un psicólogo. Pocos días después de que Carla fuera dada de alta del Seguro Social, un psicólogo y una trabajadora social de la institución visitaron su casa. —Como quizás ellos sospechaban que se nos iba a poner grave. Yo así les entendí en la charla que nos dieron, que se nos iba a poner grave –comenta Miriam sentada en una silla de madera con tapicería beige. En esa misma cochera convertida en sala los recibieron. Y no está tan alejada del por qué de la visita.
Al menos en el sistema de salud pública, uno de los criterios por los que psicólogos y trabajadores sociales se acercan a familiares de un paciente es si este murió en tratamiento o tiene una enfermedad terminal.
Trece de los 29 hospitales nacionales –excluyendo el Hospital Psiquiátrico– tienen unidades de salud mental. Esas unidades se activan cuando se identifican casos que necesitan apoyo o cuando alguna persona lo solicita directamente. Este puede variar entre intervenciones breves después de una muerte hospitalaria, de primeros auxilios psicológicos o en crisis. Después se hacen referencias a otros establecimientos donde hayan psicólogos.
Según datos proporcionados por Carranza, hay 106 psicólogos en todo el país como parte de estas unidades de salud mental. El año pasado realizaron 3,299 intervenciones en crisis, 2,020 primeros auxilios psicológicos y 44,783 psicoterapias individuales.
Históricamente, El Salvador no ha mostrado mucho interés en la salud mental de sus ciudadanos. Fue hasta 1972 que el Gobierno creó un programa de salud mental dentro del Ministerio de Salud, a parte del Hospital Psiquiátrico, según cuenta el doctor Carlos Alberto Escalante. Este médico fue el que lo impulsó en ese momento y lo vio caer dos años después. Y fue quien lo volvió a revivir en 2009.
Un estudio de la Organización Mundial de la Salud en 2006 estableció que para ese momento no solo el 1 % del presupuesto de Salud era destinado a salud mental y de esto el 92 % se destinaba a gastos de hospitales psiquiátricos.
Escalante asegura que cuando llegó hace seis años al ministerio, la unidad de salud mental contaba solo con un psiquiatra y una enfermera. Su objetivo esos años fue de descentralizar la atención y enfocarse en la salud mental preventiva.
—El duelo que aparece en muertes violentas deja traumas –sentencia Escalante, quien además considera que estos traumas que no son atendidos, terminan afectando a la sociedad como conjunto. Su opinión es compartida por Diana Miranda, coordinadora del área psicosocial de la Procuraduría General de la República (PGR). Además, del incremento trastornos o aparición nuevos, afirma, las muertes violentas generan un sentimiento de vulnerabilidad en la sociedad.
Esta visión no la comparte el director del Programa Nacional de Salud Mental. “Las interpretaciones son muy particulares (...) Nosotros no podemos saber cuál es el sentir del colectivo. Habría que preguntar, hacer una encuesta, una situación o un estudio”.
Tanto en mayo como junio de este año, según estadísticas de Medicina Legal, hubo un promedio de 22 homicidios diarios. Todos los días murieron 22 personas asesinadas. Aproximadamente 22 familias quedaron con ese trauma cada día de esos dos meses.
El psicólogo que ha llevado el caso de Miriam trabaja en una institución del Estado donde en un cubículo de dos por tres metros atiende a siete pacientes diarios. El calor de ese lugar lo apacigua un ventilador, pero a los 20 minutos ya está bañado en sudor. Ahí sus pacientes hablan de sus penas, mientras los que están en la sala de espera también los escuchan. Los efectos colaterales de la violencia, dice, también tienen un efecto en la sociedad. —Este caos es tan grande que antes de que se logre salir de esto va a haber que lidiar con otro tipo de caos como que el país haya salido de un Vietnam –sentencia en un centro comercial después de su jornada en el cubículo de dos por tres metros.
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Después de esa visita del psicólogo y la trabajadora social a su casa, Miriam dice que ya no volvieron a verlos. Pero ellas sí continuaron yendo al Seguro Social. Cuando llegaban, Miriam le pedía al portero que le prestara una silla de ruedas para mover a su hermana de las instalaciones al carro. Del carro a la casa, los brazos de las hermanas sustituían a la silla. Al regresar de esa última ida al Seguro Social, Carla cruzó el portón de la casa. El cansancio ya no la dejó subir las gradas que la llevarían a su cuarto y se sentó en uno de los sofás.
Las otras dos hermanas la cuidaron. Le traían agua. —Cuando te pase, nos avisás –le dijo Miriam, momentos antes de cargarla hasta su habitación. Le dejó un abanico y un batido de Ensure junto a su cama. Aprovecharon para almorzar solo a un par de metros de Carla. Un ruido dentro del cuarto las preocupó. Se levantaron y entraron.
—El abanico se me cayó... –murmuró. Tenía que orinar. Los brazos de las hermanas menores la cargaron y la llevaron hasta el inodoro. Incluso se lavó los dientes. Pero ya no regresaron al cuarto. Su hermana pidió recostarse en un sillón. Fue ahí que vomitó el batido que Miriam le había dado. —¿Verdad que me estoy muriendo? –espetó.
Miriam llora cuando cuenta los últimos momentos de vida de su hermana. Entre llanto y llanto recuerda que le dijo que se agarrara de la mano de la Virgencita. No habían pasado ni tres meses de la muerte de su hijo mayor cuando perdió a su hermana. Sin ninguna duda en su voz, Miriam afirma que Carla falleció de tristeza por la muerte del sobrino que había cuidado como el hijo que nunca tuvo.
La niñez de José se dividía entre su madre y su tía, las dos profesoras. La primera trabajaba en las mañanas y la segunda trabajaba por las tardes por lo que se podían turnar el cuido del primer hijo y sobrino de la familia materna. —Me han quitado la mitad de mi vida. Sé que mi hermanita se murió por el dolor de su sobrino –declara esta señora de pelo corto y ondulado.
Habla entre suspiros y llantos de esas muertes que todavía le cortan la voz. Después de que Carla muriera Miriam empezó a buscar quién tenía la culpa de ese dolor que sentía. Y la persona más cercana a su hijo, su esposa, es en la que cargó esa culpa.
Cada recuerdo, cada momento que vivieron antes del asesinato es analizado por esta madre en busca de una respuesta. Él estaba inquieto, ya no se hablaban igual, ella trajo un pastel, su consuegro parecía enfermo, ella se encerró durante la vela, lo que hizo después del entierro. Todo es una pista, todo está bajo la lupa de Miriam. Pero hasta ahora, ni la Fiscalía ni la Policía Nacional Civil le han dado una explicación del homicidio de su hijo.
A ambas instituciones se les solicitó en repetidas ocasiones conocer el resultado de las investigaciones, pero hasta la fecha todavía no han proporcionado información. Por esta razón, además, no se han dado detalles del caso, puesto que las acusaciones de Miriam no han sido respaldadas por ninguna institución y hasta más de un año después ella empieza a considerar que haya otra explicación del homicidio.
La situación llegó a tal punto que Miriam y su nuera terminaron en un Juzgado de Paz. La nuera y su familia la insultaron y le gritaron y ella decidió poner una demanda. El proceso resultó en una orden judicial que Miriam guarda junto a fotos de su hijo y otros recuerdos en una caja de zapatos. La orden sentencia a la nuera a no contactar ni acercarse a Miriam y a que ambas reciban terapia psicológica. Desde entonces Miriam ha perdido contacto con ella y con su nieta.
Fue entonces la primera vez que Miriam tuvo una sesión privada con un psicólogo. Tanto ella como su hija estaban en crisis, recuerda el psicólogo. —Llega herida, terriblemente, como que usted recoge un animalito de la calle que lo acaban de atropellar y usted tiene que darle un tratamiento y tiene que recuperarle –describe el psicólogo el estado en que Miriam inició la terapia.
Estaba deprimida a tal punto que el llanto no la dejaba ni hablar. Pasaba encerrada en su casa. Lloraba y temblaba y sufría de ansiedad. Y miedo. Temor de que también mataran a su hija, temor de la calle, temor de todo. La primera reacción del psicólogo fue referirla a un psiquiatra para iniciar un tratamiento con antidepresivos. Lo rechazó. Miriam argumenta que es muy alérgica. Quizás detrás de su decisión está un tabú alrededor de la salud mental que los psicólogos consultados aseguran persiste en la sociedad salvadoreña.
El psicólogo empezó el tratamiento con Miriam. Una de las recomendaciones que le dio fue que visitara la tumba de su hijo, a la cual dejó de ir después del altercado con su nuera. Hablarle a su hijo podría beneficiarle, le dijo. Una forma de cerrar el duelo.
La receta de un trauma por la muerte violenta de un familiar en este país está compuesta por la muerte inesperada de este familiar, pero también por otros factores más como la impunidad. El psicólogo de Miriam lo plantea así: “La única que tiene el dolor es la señora y el dolor no es tanto el pesar, sino la ira de no encontrar justicia”.
Diana Miranda, coordinadora del área psicosocial de la PGR, considera que la impunidad es un dolor doble que violenta y revictimiza a las personas. Se ve la injusticia de la muerte y de la impunidad. “Hay un mayor efecto en eso, viene a abonar al dolor emocional”, sentencia.
Esto no lo comparte el director del programa de salud mental del Ministerio de Salud, opinó que la impunidad no es un tema de salud mental. —Ese es un tema más social, más jurídico que de índole de salud (...) Es un tema de participación social, pero no directamente... no es una variable en salud mental –sentenció.
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Son más de las 2:30 de la tarde y el sol se siente con fuerza sobre la piel y la sensación de calor aumenta cuando Miriam entra a la sala de espera de esta oficina departamental de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Viste un pantalón negro y una camisa manga larga blanca. Han pasado seis meses desde que empezó a buscar respuestas con instituciones gubernamentales. A pesar del calor, los dos ventiladores que están en la sala de espera están apagados.
Entra junto a su hija Andrea, quien lleva el pelo negro liso y viste pantalón negro y camisa gris. Trata de no mostrar sus emociones, pero los ojos la delatan. Se le pierde la mirada mientras sus ojos se vuelven rojos y vidriosos.
Esperan sentadas en unas sillas por unos minutos hasta que una mujer las llama para tomarles su declaración. Casi una hora después salen de un cuarto al lado de la sala de espera con los ojos hinchados y rojos. —Aquí vengo con mi dolor –dice Miriam antes de sentarse de nuevo en las sillas azules.
Más de un año y medio ha pasado desde el homicidio de su hijo y apenas una semana antes, investigadores llegaron al lugar de trabajo de José a llevarse su computadora. Hasta el momento, ni la Fiscalía ni la Policía le han dado respuestas a sus preguntas por lo que Miriam decidió ir al Instituto de Derechos Humanos de la UCA (IDHUCA) en diciembre en búsqueda de ayuda.
Ahí le brindan acompañamiento. Una de las recomendaciones que le dieron fue presentar una denuncia ante la PDDH. Después de escribir una carta que quedó sin respuesta, Miriam decidió poner la denuncia en persona. Durante la entrevista, la funcionaria le pidió a Miriam el número de expediente fiscal para poder iniciar inquisiciones sobre el estado del caso. No lo tenía.
Esto le costaría a Miriam casi un mes. Su caso, solo en la PGR, ya rebotó por tres oficinas diferentes y todavía no han preguntado en la Fiscalía el estado de la investigación. Esta semana tuvo la primera reunión con un procurador, acompañada de un representante del IDHUCA, para conocer el resultado de la investigación de esta instancia.
El avance más grande en la terapia de Miriam fue cuando el psicólogo le comentó sobre el caso del asesinato de Ramón Mauricio García Prieto, cuyos padres llevaron el caso en búsqueda de justicia a instancias como el (IDHUCA) y finalmente a la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
En el momento Miriam no dijo nada, pero para la siguiente cita ya había consultado en el IDHUCA sobre cómo le podían ayudar. —¿Verdad que hice bien? –preguntó. Si a ella esto la está motivando, aquí está reviviendo –pensó el psicólogo–, vámonos por acá.
Más de seis meses de terapia y Miriam todavía llora cuando habla del homicidio, de los eventos que analiza una y otra vez; tiembla, y se lleva las manos a la cara, ahoga gritos cuando siente que no tiene respuestas a sus preguntas. Pero habla. Ahora ya regresó a pintarse el pelo, a cuidar a las dos nietas que le ha dado su hija e incluso a salir de la casa con la salvedad, agrega el psicólogo, que siempre sale acompañada. En el camino perdió su relación con lo único que le queda de su hijo, su nieta.
Su propósito de vida ha cambiado y en ello enfoca sus esfuerzos, en obligar al Estado a darle una respuesta. —Ella no es ni la sombra de cómo llegó. Está recuperadísima. Usted no podía hablar con ella –comenta el psicólogo, quien espera que este nuevo propósito la mantenga con deseos de seguir viviendo, aunque nunca llegue a ver su deseo cumplirse.
Que la muerte le puede llegar antes que la justicia no se le escapa a Miriam. Desde su sillón recuerda los consejos de su esposo: “¡No se ahueve de nadie!” Así que Miriam sigue llamando las puertas de las instituciones y sigue yendo a sus terapias psicológicas y sigue ayudándole a su hija con el cuido de sus nietas. —Voy a descifrar esto, pero que lo descifro, lo decifro (...) O si me muero en el camino... pero ya hice algo y cuando llegue a donde el viejo: “Cómo no, viejo, luché, luché y luché y no lo dejé”. Es mi hijo, es mi hijo, tengo que defenderlo hasta el final –dice con una combinación de fuerza y sollozos.
*Algunos nombres se han modificado para proteger la identidad de las personas. Además se han omitido fechas y lugares exactos de algunos de los eventos aquí narrados.