La infancia de las editoriales salvadoreñas
Publicado en Séptimo Sentido / 24 de mayo de 2015
“Nadie a quien le interese la literatura puede optar por un país tan degenerado como éste, un país donde nadie lee literatura, un país donde los pocos que pueden leer jamás leerían un libro de literatura”, escribe Horacio Castellanos Moya en su obra “El asco”.
Irónicamente, esta novela nació de una editorial fundada por alguien a quien le interesa la literatura y que optó por promoverla. Alguien que creó, al igual que muchos otros, un sello editorial en este país que Castellanos tilda de degenerado. Hasta su nombre es símbolo de esperanza, de luz dentro de una tormenta: Arcoíris.
En El Salvador la industria editorial está en pañales. Es más, algunos ni siquiera se atreven a llamarla industria. Esfuerzos editoriales y empresas editoriales que tienen iniciativa, sí, pero definitivamente no industria. Hay esfuerzos de personas que buscan promover la cultura, la lectura y los autores nacionales. Algunos ya desaparecieron, otros son hombre orquesta y otros todavía persisten. Por ahí hay alguno que ha logrado despegar.
Beatriz Rosales, una mujer de 50 años, tiene una editorial que ha sacado adelante sola durante más de dos décadas. A pesar de las dificultades, también ha tenido grandes aciertos como ser la editorial que publicó uno de los libros más controversiales del país de Horacio Castellanos Moya.
Él se le acercó en los años noventa. Le dijo que tenía un libro que quería que ella leyera. Empezó a leer y no lo pudo soltar. Quedó prendida y lo fue de principio a fin en una sola sentada: “Sentí que me aceleró el pulso”, recuerda ahora.
Le parecía una historia provocadora. El autor le llamó por teléfono...
—¿Ya lo leíste?
—Sí.
—¿Lo pensaste bien?
—Sí, me parece.
Así fue como Arcoíris publicó en 1997 “El asco”, el libro que dio a conocer a Horacio Castellanos Moya. Su última novela fue reseñada en The New York Times hace solo dos meses.
La obra fue incendiaria. El autor fue el que más encajó sus efectos. La editorial recibió algunas llamadas telefónicas cargadas de reclamos como por qué había publicado eso o diciendo que eso no servía. “Hay mucha gente que tiene rechazo porque no entiende, siento yo, la intencionalidad (...) Es provocador porque es provocador el relato”, reflexiona ahora Rosales.
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Una mujer de 50 años entra al Burger King del centro comercial San Luis con un libro y nueve hojas de papel bond en la mano. Hace la fila, compra un café y un pastel de manzana para luego sentarse en una de las mesas del restaurante de comida rápida. Afuera hace calor y el tráfico de las cinco de la tarde tiene los alrededores atestados de carros, buses y peatones que van de un lado para otro. Ella viste de manera sencilla: un pantalón oscuro y una camisa floreada. Usa lentes y el pelo colocho lo mantiene corto.
Habla de manera pausada y tranquila, aunque se reúne en un Burger King y no en una oficina. Es editora, directora y propietaria de una editorial con más de dos décadas de vida. Longevidad no necesariamente significa prosperidad en este negocio.
La editorial Arcoíris es una de las tantas editoriales que nacieron en El Salvador de los noventa con el fin del conflicto armado. Ella y otros en el medio concuerdan en que los primeros años de la posguerra fueron tierra fértil para el surgimiento de estas empresas. En ese momento creyeron que la paz traería consigo muchas historias que contar y talento por descubrir, cuenta Rosales sentada en una silla azul gris del restaurante de la colonia San Luis. Y así sucedió por un tiempo.
Pero el suelo de los noventa fue quizás un espejismo que no calcularon tan bien o para el que no estaban preparados. Resultó que no era tan fértil como creían.
El escritor y director de la Biblioteca Nacional, Manlio Argueta, explica esos pasos difíciles como el proceso de parto de la democracia en el ámbito cultural. Las raíces antidemocráticas todavía siguen arraigadas: “Se está dando, pero a pasos muy breves, porque venimos arrastrando una cultura del ataque a las ideas y al libre pensamiento y eso no se suprime de la noche a la mañana”.
Cuando fundó Arcoíris, Rosales no estaba sola. Tenía un socio con el que invirtió 30,000 colones para la publicación del primer libro. Ese primer título, Rosales lo describe como bastante interesante y polémico. Se titulaba “Del ejército nacional al ejército guerrillero” y su autor es el coronel Francisco Mena Sandoval.
A pesar de lo atractivo del libro, la recuperación de la inversión no llegaba. Cada vez se veía más lejos, hasta que se dieron cuenta de que no tendrían ganancias y que no recuperarían el dinero. Ahí fue cuando Rosales perdió a su socio. Prefiere omitir su nombre.
Siguió sola con la editorial durante más de dos décadas en las que ha tenido que enfrentarse a muchos retos, pero también, como ella dice, muchas satisfacciones. “En este tiempo de estar haciendo la lucha, porque ha sido una lucha constante de mantener la editorial, de promover la literatura nacional, pero también proyectarla regional e internacionalmente... y lo hemos logrado, lo hemos logrado”, dice como con un suspiro escondido detrás de sus palabras.
Como parte de su objetivo era difundir su empresa a escala regional, desde el principio Rosales agarró camino con sus libros para explorar espacios en Honduras y en Guatemala. La ilusión era propiciar un comercio del libro a escala regional.
La realidad fue una serie de viajes a los países vecinos con libros en el carro, ir hasta el lugar, dejarlos y regresar. Este intercambio era casi artesanal y no la calificaba ni para inscribirse como exportadora. Pero ella no era la única que lo hacía. Otros usaban servicios de encomienda, otros mandaban los libros con sus amigos.
Cuando el interés por los libros salvadoreños empezó a decaer, también los intercambios. Pero las relaciones y las conexiones permanecieron y luego le permitieron cosechar otros frutos.
Adentro de las fronteras, la cosa no era más fácil. Pero en ese momento por lo menos había cafés, bares, lugares donde se respiraba un interés por el quehacer cultural. Uno de estos fue un bar popular de la colonia San Luis, esa misma donde está el Burger King, con un pequeño estante para libros. Aunque no lo dice, en sus palabras se esconde que ese interés, ese repunte de espacios culturales es algo del pasado.
Pero su proyecto también le ha dado muchas satisfacciones. Fue a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 1993 y a la de Frankfurt en 1999 y 2003. En una de estas incluso saludó a Gabriel García Márquez.
En sus viajes a las ferias, dos como invitada y uno que sufragó ella misma, llevó consigo no solo las colecciones de Arcoíris. Sus maletas cargaban las de otras editoriales como la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI). Aunque estos salieran de su bolsillo.
La DPI es la editorial del Estado. Nació en 1955 y después de 60 años de estar funcionando su actual director, Eric Lemus, asegura que tiene uno de los catálogos más grandes del país. La institución, dice, busca mantener un equilibrio entre publicar a autores reconocidos y descubrir nuevos talentos.
Quien decide qué se publica y qué no, sin embargo, no es el director, sino una comisión bibliográfica, la cual está integrada por académicos notables que trabajan ad honórem. Su identidad se mantiene anónima.
Al enfrentar a Lemus con la pregunta de si el que no le paguen a los editores es un buen sistema, tomando en cuenta que es un trabajo demandante, prefiere no ahondar en el tema: “La comisión bibliográfica trabaja ad honórem porque así fue concebido en 1955 y es un punto que debería analizarse”, ataja.
Sí habla sobre el papel que, cree, la institución ha jugado en el surgimiento de nuevas editoriales independientes. Asegura que esto también es parte del legado de la institución, puesto que muchos de los integrantes de estas han pertenecido a la DPI. “Vemos que ha quedado un legado (...) La mayoría está constituida por personal que pasó por la DPI y buscan promover la poesía, la narrativa o la ensayística. Son un efecto colateral positivo”, declara.
No todos ven el trabajo de la institución con tanto agrado. Danny Portillo, de editorial La Cabuda Cartonera, cree que la institución, de momento, no tiene mayores filtros a la hora de publicar. “Ha tenido excelentes correctores y editores, pero en este momento es muy difícil”, comenta, y adjudica esta situación a los cambios políticos que se dan en cada coyuntura.
Entre estos cambios políticos destaca la salida de Roger Lindo de la DPI, un autor salvadoreño que regresó al país específicamente para asumir la dirección de la institución en enero de 2012. Poco más de un año después, el escritor renunció al cargo. Su salida se dio después de un mes de huelga del sindicato de empleados de la editorial.
En una columna de opinión póstuma a su cargo, Lindo describe que encontró la institución en un estado de desamparo y decrepitud.
La institución, dice, ha tenido altos y bajos a lo largo de su existencia. Pero destaca el valor que tiene porque permite la venta de libros subsidiados. Libros que se venden a menos de $10 aunque su valor real sea mayor.
Hay un problema histórico de distribución. Cuando él llegó había miles de libros embodegados. 750,000, dice ahora, aunque en su columna menciona 250,000. Independientemente, ahora se arrepiente de no haber resuelto esto de una manera más eficiente. “El gran error que yo cometí es no comenzar a donar a todas las escuelas para sacar ese montón de libros, esa montaña de libros que hay adentro. Donar como loco”, expresa.
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En los últimos años, Arcoíris ha publicado solo un libro al año y Rosales está obligada a tener un trabajo fijo para poder vivir. Da clases en la escuela de periodismo de la Universidad de El Salvador y en el tiempo libre saca adelante a Arcoíris.
—Somos quijotes, de los que tienen como sueño promover los libros.
Ella se toma muy a pecho esa descripción.
Arcoíris y Rosales no son una excepción dentro del mundo editorial en el país. Hay un proyecto particular que tiene la tarea complicada por definición. Es más, lo hace de manera intencional.
Los que están en La Cabuda Cartonera lo tienen claro. No van a obtener ganancias económicas de ese proyecto. Así nació y es por eso justamente que uno de sus fundadores cree que la editorial avanza y ha sobrevivido desde 2009.
Ese año es la fecha del nacimiento oficial, aunque ya en 2008 habían iniciado las primeras incursiones en las cartoneras. El concepto lo adoptaron de un movimiento que nació en Argentina a principio de la década pasada, cuando el país suramericano pasaba por una crisis económica.
Editores, correctores y diseñadores se unieron y convirtieron el momento en una oportunidad para publicar libros únicos. En lugar de usar imprentas y generar millares de copias de una edición, se toma un libro, se imprime a menor escala y reutilizando materiales como cartón se hacen las portadas. Estas son pintadas, intervenidas, creadas de manera individual.
De Argentina la cartonera fue migrando a toda Suramérica y luego a México, desde donde llegó hasta El Salvador, con Danny Portillo como uno de los padres adoptivos. En cada país, el proyecto adquirió no un apellido nuevo, sino un nombre. Una de las versiones argentinas se llama Eloísa Cartonera; una de las bolivianas, Yerba Mala Cartonera; una de las mexicanas, Santa Muerte Cartonera; y la salvadoreña, La Cabuda Cartonera.
Pero por qué alguien se quiere meter en un proyecto que sabe con seguridad que no será económicamente beneficioso.
Danny Portillo llega al Palacio Tecleño poco después de las 10:30 de la mañana. Camina a paso lento con la ayuda de un bastón. Se sienta en una de las bancas que rodean el patio central. Hace calor y toma agua de una botella plástica que alguien le pasó dando.
Es uno de los fundadores de La Cabuda Cartonera. En la plática en medio del calor agrega que además el modelo no es barato. Imprimir solo 100 libros es caro y haciendo los cálculos del costo por libro queda en alrededor de $30, que incluye el costo de impresión, de edición, maquetación y la creación de la portada: “(Lo hacemos) porque nos gustó mucho la idea, la filosofía, porque vimos que era necesario hacerlo (...) La idea nuestra es hacer un reto bastante artístico”, dice sentado en una banca del palacio municipal tecleño, donde se lleva a cabo una feria de libro.
Durante estos seis años, la cartonera salvadoreña ha publicado 38 títulos. Los primeros tres años fueron los más fructíferos, con 30 libros, pero el ritmo decayó y en los últimos han publicado solo ocho. “Cada uno de los miembros del proyecto, bueno, empieza a trabajar en otras cosas... porque el proyecto nuestro no nos da para una sostenibilidad económica personal”.
Cada libro es único porque cada portada es única. Algunas nacen del capricho, otras por el diseño que trae el cartón o como libro a la carta que el cliente lo hace a su gusto. Pero que el exterior sea artesanal no significa que no le presten cuidado al interior.
Detrás de un libro hay más historias de las que cuentan sus letras. Entre sus páginas también se esconde un trabajo de carpintería, minucioso, que no solo involucra al autor que firma la obra. A este lo acompaña un editor cuyo papel es más que revisar la ortografía.
Idealmente, el editor aconseja al autor en temas centrales del libro como la estructura, el estilo, pero también se encarga de estudiar el público, el diseño del libro y la forma en que este será distribuido.
El proceso de edición tratan de mantenerlo como en cualquier otra editorial, menos algunas salvedades. La política de La Cabuda Cartonera es no rechazar publicaciones. Las aceptan, pero debe pasar por un proceso de edición.
—La mayoría de cosas que nos llega a las editoriales independientes tienen mucho un proceso literario más de catarsis que un proceso literario que esté afinado, terminado. Y eso corresponde, pues sí... la gente quiere ser escuchada y para ser escuchada piensa que el libro es una vía.
En El Salvador quienes quieren dedicarse a esto aprenden en el camino o tienen que salir al exterior para especializarse. Es el caso de Susana Reyes, de la editorial Índole. Cuenta que la profesionalización en el área la han ido haciendo fuera del país o realizando talleres donde editores extranjeros vienen a compartir sus conocimientos.
Las carencias en el mundo editorial no son solo un problema nacional. Centroamérica lo sufre. Unos países más, otros menos. En Costa Rica, por ejemplo, se publicaron 1,709 títulos durante 2013. Ese mismo año, en El Salvador la cifra fue de 627 títulos, y 328 tanto en Honduras como en Nicaragua. Son datos del boletín estadístico del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe.
El escritor hondureño Julio Escoto, quien también fue director general de Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), cree importante que en un país exista una industria editorial porque permite que se conozca a sí mismo, su identidad: “Una editorial, cuando no es comercial, contribuye poderosamente a propalar la cultura, haciendo que las personas adquieran sentimientos de dignidad, nacionalidad y respeto de ellos mismos”.
Eso mismo es lo que intentaron hacer con EDUCA, una editorial que impulsaron personajes como Sergio Ramírez, Carlos Tünermann e Ítalo López Vallecillos. El proyecto tuvo un gran impacto durante dos décadas, pero luego desapareció. En Centroamérica, dice Escoto, se está regresando a la fragmentación y al aislamiento: “Hoy a lo que estamos retornando es a la balcanización, pues incluso las editoriales transnacionales, mayormente españolas, no tienen interés en difundir el libro de una nación en otra. Son engaño y espejismos culturales”.
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El microbús llegó a El Salvador del Mundo a media mañana. Carlos lo esperaba en un lado del redondel. El vehículo paró y él subió. Pagó el pasaje. Empezó a adentrarse en el colectivo cuando en la tercera o cuarta fila –ya no recuerda cuál– lo vio en las manos de alguien.
Un joven –de unos 20 años, 25 a lo mucho– lo sostenía entre sus manos. Ahí, en ese microbús de la ruta 46, en el redondel El Salvador del Mundo, una media mañana de diciembre de 2006, Carlos Clará vio por primera vez un libro editado por él en manos de un completo extraño.
Notó que el joven casi había terminado de leer “Lo que no conté de los presidentes militares”, de Waldo Chávez Velasco. Fue una de las primeras publicaciones del sello Índole. Tuvo un tiraje de 1,500 ejemplares y se agotó en tres semanas. Las personas lo pedían de a tres o cuatro ejemplares, para regalar. “Para mí fue superimpactante. Porque no lo había tenido con otras experiencias de otros libros. Cuando eso sucede es que el libro está caminando”, recuerda Clará, todavía con emoción en su voz.
Índole Editores nació para publicar poesía. “Una idea loquísima”, sentencia Clará. Sus fundadores son poetas que en ese momento no tenían mucha idea de cómo llevar adelante una editorial. Esos primeros años fueron un experimento con el que poco a poco fueron aprendiendo.
Clará junto con Susana Reyes, Morena Azucena y Oswaldo Hernández fundaron la editorial. Hernández abandonó el proyecto y se unió Jorge Hernández a Índole. No tiene nada que ver con el Hernández de los noticieros. Con el tiempo se incorporaron dos socios asesores: Luis Angulo Violantes y Federico Hernández Aguilar.
Este fue el primer sello editorial de los tres que ahora poseen. Cuatro, si se cuenta el que Clará comparte con otros socios.
El modelo de negocio que estos poetas encontraron para publicar fue echar mano de la literatura de no ficción. Como el libro de Chávez Velasco, otros títulos de no ficción han sido éxitos de la casa editorial. El dinero recaudado por estas ventas les permite publicar libros menos comerciales de literatura y poesía.
Cuando empezaron con el proyecto de Índole en 2006, Clará fue editor de la DPI entre 2003 y 2008, institución que dejó para dedicarse a tiempo completo al proyecto editorial que cada vez ha ido creciendo más. Hasta ahora llevan 30 títulos publicados y este año lo cerrarán con 40. Casi la misma cantidad de libros que La Cabuda Cartonera ha publicado.
El grupo decidió crear un segundo sello: Athena. Este se convirtió en la sombrilla que publicaría los títulos de no ficción, dejando a Índole Editores cumplir su objetivo de publicar poesía, novelas y cuentos. Son sellos hermanos.
Ahora mismo, el grupo se encuentra en el proceso de crear un tercer sello editorial que se dedicará a publicar autores a escala centroamericana. Todavía no han hecho público el nombre. Además, hicieron una fusión con una imprenta.
Los tres sellos y la expansión, sin embargo, ha ido de la mano de una rebúsqueda para distribuir los libros. No siempre ha resultado exitosa. La editorial ha usado el método tradicional de las librerías, pero al igual que Beatriz Rosales de Arcoíris y Danny Portillo de La Cabuda Cartonera, Clará comenta lo problemático que este tipo de distribución puede ser.
Por un lado, las librerías tienen comisiones altas, pero más allá de eso, el retorno de la inversión se demora. Rosales comenta que a veces puede pasar hasta dos meses entre la venta del libro y que la ganancia llegue hasta la editorial.
Con los años, Índole ha buscado llegar a los consumidores de muchas formas. La tradicional, con las librerías, pero también otras como poner libros a la venta en farmacias o venta de libros en línea. Ahora están por empezar otra forma de distribución: por catálogo.
Este es básicamente una mujer que tiene una red de clientes a los que directamente les lleva los libros que ellos le piden, sin intermediarios. Índole hará uso de esta red para que ella distribuya sus libros también.
Su historia tiene una mancha. El caricaturista Otto Meza ha publicado dos libros con Clará, uno bajo Índole Editores y otro bajo Aura.
El primero se titula “Otto y Momo” y el segundo, “El cómic de lo que siempre quisiste de decir”, en el que participó como coautor.
El caso del que más habla es del primero. Firmaron contrato y publicaron el libro con sus caricaturas en 2013. Meza asegura que la editorial debía darle un porcentaje económico cada cierto tiempo y enviarle un reporte de las ventas de los libros. Esto no sucedió.
El autor incluso llevó su queja a las redes sociales, donde comentó: “Hace más de un año que salió mi libro de Otto y Momo y hace más de un año espero que me paguen los señores de Índole”, escribió el 23 de diciembre de 2014 en un post en el que etiquetó a la editorial.
Finalmente, dice, fue hasta que amenazó a la editorial con una demanda que le pagaron los libros vendidos y le entregaban los que todavía tenían en su posesión. Esto era algo que le permitía hacer el contrato firmado en caso de incumplimiento de pagos.
Desde Índole, Clará acepta el problema con el caricaturista, la falta de pagos y la resolución que tuvieron que dar. “Ese fue un error de nosotros, siempre lo acepté. Sin embargo, el mecanismo del contrato se cumplió”, responde.
Estos problemas, asegura, se dieron en la administración anterior de la editorial y fue por estos que él asumió el cargo de administrador. Antes era editor, dice. El incumplimiento del contrato se dio, comenta, pero se resolvió como el mismo contrato establecía y envió una copia de una carta firmada por Meza.
Clará, sin embargo, asegura que esto no sucedió con el otro libro y que esta es la única vez que han tenido problemas con incumplimiento de contrato. Envió un comprobante de pago a Otto Meza por parte de Aura en concepto de “derechos de autor marzo-mayo” por $157.
Con lástima, el caricaturista Otto Meza comenta que como autor sabe que no se hará millonario de publicar libros, pero que tampoco esperaba encontrarse con esta situación.