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La Prensa Gráfica - Séptimo Sentido

Publicaciones relevantes que hice durante mi período en La Prensa Gráfica. Ahí trabajé entre 2014 y 2016 en la sección de Judicial, Internacionales y, durante el último año, en la revista dominical, Séptimo Sentido.

Levantarse después de los golpes

Ana y María son dos mujeres que vivieron por años dentro de una relación de violencia ejercida por sus esposos. Cuando decidieron denunciarlos, se encontraron con una realidad que no conocían: sus derechos. Participan desde hace más de dos años en el grupo de autoayuda de la PGR. Y ahora que han roto el ciclo de violencia, ven hacia el futuro buscando independencia económica y rompiendo patrones culturales con sus hijos.

Publicado en Séptimo Sentido / 18 de octubre de 2015

Ordenan las sillas negras de rodos en una especie de óvalo en medio del cuarto. Cada una de las 15 sillas tiene pegado en el respaldo un globo de color. Adentro han puesto diferentes frases relacionadas con una lectura sobre el autoestima. La dinámica es que cada una de las mujeres debe buscar una forma diferente para romper el globo y llegar a la frase. Después de leerla, deben decir una reflexión sobre esta.

María*, por ejemplo, lo pone bajo el brazo derecho, a un costado, y lo busca reventar, pero le cuesta y termina arañándolo. Adentro del globo hay un papel con la frase: “Los malos momentos lo hacen a uno más fuerte”.

Cuatro días después de aquella sesión, a María le resonó mucho esa frase. En los últimos tres años ha aprendido, dice, “que cuando uno pasa malos ratos, hay que levantarse, agarrar fuerzas y seguir”.

Lo dice porque antes no se levantaba. Las primeras veces que llegó al grupo no hablaba, solo lloraba y lloraba. No solo en esa sala, también fuera de ella. Todos los días y todas las noches.

Más allá de llorar, comenta Bety Medina, la trabajadora social que tiene asignado su caso, María estaba inmersa en un estado depresivo fuerte. Una vez María le llegó a decir que ya no quería vivir. Se ven y María se anima a contar los pensamientos que la rondaban en ese momento: “Antes decía: ‘Voy a terminar con todo esto de un solo. Quiero que Dios me quite la vida, morirme’. Ya no quería seguir viviendo. Muriéndome yo, él se queda tranquilo”.

El vínculo que las une es el grupo de autoayuda que Medina coordina y al que María asiste religiosamente los jueves a las 2 de la tarde en el sótano del edificio de la PGR en el Centro de Gobierno. Es uno de los 14 grupos de autoayuda que la PGR ha organizado en sus diferentes sedes en el país. Las participantes lo nombraron “Mujeres emprendedoras” un mes después de su inicio.

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Los procesos de violencia intrafamiliar no son lineales. Por algo se habla de un ciclo de violencia. Se convierte en un ir y venir entre humillaciones y abrazos, insultos y reconciliaciones, empujones y excusas, golpes y disculpas. 

Muchas mujeres llegan al punto de buscar ayuda en la Procuraduría General de la República pero deciden no denunciar ante la Fiscalía General de la República, a pesar de que su pareja haya cometido un posible delito. Otras deciden regresar con sus parejas después de haber puesto la denuncia.

Este es un fenómeno que registran otras instituciones que tienen programas de atención a mujeres víctimas de violencia. Xochilt Bendeck, rectora del Sistema Nacional Vida Libre de Violencia del ISDEMU, comenta que muchas mujeres se acercan a la institución y reciben atención del programa, pero no necesariamente realizan una denuncia al inicio del proceso. Esta puede surgir en otro momento.

Bety Medina, una de las dos trabajadoras sociales que dirigen el grupo de autoayuda de la PGR en San Salvador, agrega que esto es también una decisión que solo la víctima puede tomar: “Ella (la mujer) toma la decisión. Acá se le da a conocer qué puede hacer, hasta dónde puede llegar o qué le puede suceder a ella si la intensidad de la violencia incrementa”.

Por eso, una de las reglas del grupo es no criticar. Cada una tiene que tomar la decisión de cuándo salir del ciclo y cómo hacerlo. María, por ejemplo, está en medio de un proceso judicial en contra de su esposo por desobediencia en caso de violencia intrafamiliar.

Esta es la segunda vez que lleva un proceso judicial en contra de su esposo y este llega hasta una audiencia preliminar. La primera vez lo suspendió porque “tenía la esperanza remota de que iba a cambiar”. “Él siempre decía: quitame la demanda, voy a cambiar”, recuerda. Pero es la cuarta vez que un Juzgado de Paz le otorga medidas de protección. De su cartera saca un papel doblado varias veces para revisar la fecha en que vencen: septiembre.

La lleva consigo por si se lo encuentra. Viven en la misma zona. Casi todos los días, después de regresar del mercado con verduras y pollo o menudos para vender en su colonia, lo ve. Cambia de ruta para evitar que le hable. Ya ha pasado y ella le recuerda de las medidas de protección.

Está por cumplir los 40 años. Su voz es un poco carrasposa y se quiebra al recordar algunos de los momentos difíciles que enfrentó. Una de las peores épocas –un martirio, como ella dice– fue cuando estaba embarazada del último de sus cuatro hijos, Andrés, quien ahora tiene ocho años.

María no cuenta sobre la primera vez que sintió el movimiento de Andrés en su vientre, sino cuando él sintió golpes desde fuera. Recuerda estar acostada en la cama, con siete meses de embarazo, cuando su esposo se subió sobre ella y le golpeó dos veces el estómago. Recuerda cuando le dijo que si el bebé hubiera sido niña, él hubiera cambiado. Recuerda que el último mes de su embarazo no tenía para comer, pero tampoco le permitía trabajar. “De escondidas iba a lavar maíz y así ganaba por lo menos para comer (...) hubo como tres días en los que solo comimos icacos y marañones”, dice mientras se le quiebra la voz.

Bety y Ana*, otra de las participantes del grupo de autoayuda, están a su lado. Se le acercan para brindarle apoyo. Ana toma su mano entre las de ella y Bety le pone el brazo izquierdo sobre la espalda, abrazándola. “El amor se desvaneció con tanto maltrato”, continúa. Después del parto, la situación no cambió. Ocho días después de haber dado a luz, cerca de las 9 de la noche, su esposo llegó borracho a la casa en medio de una gran tormenta. La agarró del pelo y la sacó de la casa y la dejó afuera mojándose.

Respira y baja la cabeza. Sus ojos se han tornado rojos y vidriosos. Después de unos segundos, continúa. Una vez, recuerda, la agarró de la cara. Ella le quitó la mano y le dijo que ya no la iba a golpear. La respuesta de él fue: “Te vas a dejar porque sos mi mujer”.

Estaban fuera de la casa, en la calle principal, forcejearon, se cayeron. Se estaban agarrando en el suelo cuando llegó su hijo. Los vio y se desmayó. María se paralizó y el esposo la culpó. Desde entonces dejó de enfrentarse. “De ahí solamente agachaba la cabeza”.

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La cita para esta entrevista es en el cuarto de atención en crisis. Son las 2:20 de la tarde. Ana es una mujer de 45 años, alta y bien arreglada. Argollas, ojos maquillados, los labios pintados de un café rojizo que combina con el café de su pelo agarrado en una cola. Viste una camisa sin mangas beige ajustada. No es delgada, pero su cuerpo es bien proporcionado. La forma en la que luce hoy es muy distinta a cómo se veía la primera vez que buscó ayuda en la procuraduría hace más o menos tres años. En aquel entonces no se maquillaba, no se arreglaba.

Habla con voz fuerte, flaquea pocas veces durante las 4 horas de conversación repartidas entre este y el próximo martes. Entra al cuarto y se sienta en la esquina derecha del sofá que mira hacia la puerta.

En el mismo sofá está Bety Medina, trabajadora social de la Unidad de Atención Especializada para las Mujeres de la Procuraduría General de la República. Media hora más tarde entra al cuarto María, una mujer de pelo negro y liso que ya muestra algunas canas. Usa una falta de mezclilla y camisa negra de tirantes. Se sienta en medio del sofá, con Ana a su izquierda y Bety a su derecha.

Tanto Ana como María fueron durante años víctimas de diferentes tipos de violencia por parte de sus esposos. Son mujeres a las que les prohibieron estudiar, las insultaron por su físico, les dijeron que eran buenas para nada, les controlaban la forma de vestir y las amigas que tenían, las golpearon, las violaron. Ambas participan en el grupo de autoayuda y ambas decidieron contar sus historias.

El grupo de autoayuda es uno de los cinco servicios que ofrece la Unidad de Atención Especializada para las Mujeres de la PGR a quienes han sido víctimas de algún tipo de violencia o discriminación. La reunión anterior fue el jueves 20 de agosto.

Como en cada sesión, las trabajadoras sociales llevaron una pequeña actividad, esa vez fue una canción. El ritmo, las notas o la armonía no se impregnaron en la memoria de María. Lo que la impactó fueron las palabras de aliento de la canción.

—No me acuerdo el ritmo, pero lo que a mí me gustó fue que decía que una mujer se cae, se sacude el polvo y sigue, aún con el dolor –como el dolor que ella lleva, pero que ahora, después de recibir golpes estando embarazada, se está sacudiendo. —Porque no somos el sexo débil porque somos madres, amigas, compañeras, somos valientes, guerreras, luchadoras –cuenta sobre la canción.

Una de las dos trabajadoras sociales que dirigen el grupo explica que este es un espacio donde se aplica la técnica de desahogo, que permite que las mujeres cuenten sus experiencias, pero también en cada reunión se desarrolla un tema para brindarles conocimientos sobre sus derechos. “Cada sesión hablamos de algo diferente, relacionado con leyes, teoría de género, para que ellas tengan claro, por ejemplo, qué es sexo, qué es género”, comenta.

Durante la conversación, Ana confiesa que en estos tres años de reuniones con estas mujeres descubrió lo mucho que desconocía sobre sus derechos. Situaciones que pasaron y que creía tenía que aceptar, como tener relaciones sexuales con su esposo aunque ella no quisiera.

“Si uno dice no quiero tener relaciones es no. Pero el hombre dice ‘sos mi mujer’. A mí me pasó y creía que era normal”, cuenta.

María también se incluye en el desconocimiento que tenía sobre sus derechos: “Aunque fuera mi esposo, era violencia, pero yo no lo sabía. Hay muchas mujeres que están en esa situación y tampoco lo saben”. Ahí, dice María, aprenden pero también desaprenden qué es violencia.

Recordar estos momentos puede ser difícil e incluso es fácil caer en el error de revictimizar a las mujeres. Por eso, en el proceso de atención de las instituciones se busca que en el momento de la denuncia la víctima solo tenga que relatar su caso una vez.

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Cuando María acudió por primera vez a estas instituciones, no estaba lista para terminar su relación. Pero ahora, después tres años de terapia y de participar en el grupo de autoayuda, 16 años desde que su esposo empezó a beber alcohol de manera descontrolada y 14 desde que iniciaron las agresiones, María decidió ponerle fin a la relación. 

De nuevo, borracho o malo –el eufemismo que María usa cuando lo describe– empezó a discutir con ella. Primero fueron maltratos verbales que aumentaron a amenazas de golpes. En ese momento, María se escondió en el cuarto junto a su hijo Andrés. El esposo le gritaba que sabía que estaba con otro hombre dentro del cuarto y que los sacaría. “Agarró un palo y dije ‘no, yo me voy’. En un medio descuido me salí con el niño y llamé a la patrulla. Ahí fue cuando lo detuvieron”, relata. Quizás no cuenta todos los detalles y parece un momento menos fuerte que otros. Quien era más fuerte que antes era ella.

Después de que lo arrestaron el 23 de marzo de este año, un Juzgado de Paz estableció, por cuarta vez, medidas de protección para María. En julio se celebró la audiencia preliminar, en la cual se determinó que había suficiente evidencia para que el caso pasara a la fase de instrucción. Además, se permitió que el esposo estuviera en libertad mientras dure el proceso. En este período la fiscalía tiene que recabar más pruebas que permitan que se llegue a la fase de sentencia. De ser encontrado culpable, su esposo podría recibir una sentencia de tres a seis años de prisión.

Los grupos de autoayuda son un mecanismo que también emplean otras instituciones, como el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) y los diferentes complejos de Ciudad Mujer. Xochilt Bendeck, rectora del Sistema Nacional Vida Libre de Violencia del ISDEMU, explica que más allá del servicio de grupos de autoayuda, el proceso que las diferentes instituciones aplican, cumpliendo la Ley Especial Integral de una Vida Libre de Violencia para las Mujeres, tiene como objetivo la restitución de derechos.

“La lógica no es que las mujeres vuelvan al estado en el que estaban antes de que les dieran el primer golpe, porque en ese estado probablemente su autoestima no estaba fortalecida, tenían dependencia económica, estaban aisladas de su familia o en una situación de pobreza que la hacía más vulnerables a ser víctima de violencia”, explica. La restauración de derechos conlleva fortalecer el autoestima, la autonomía económica y proveer herramientas para que las víctimas sean independientes y conscientes de sus derechos, que muchas veces no sabían que tenían.

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El combate a esa cultura de violencia es algo que Ana y María están tratando de hacer, con sus amigas, vecinas, conocidas. Pero sobre todo, es algo que quieren pasar a las nueves generaciones, con sus hijos. Y eso pasa por saber distinguir qué es violencia y qué no. 

La Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia contra las Mujeres establece que hay siete tipos de violencia contra las mujeres: económica, patrimonial, simbólica, psicológica o emocional, sexual, física y la feminicida. Esta última es la más extrema, que es un crimen de odio: el homicidio de una mujer por el hecho de ser mujer.

La página web de la PGR describe los grupos de autoayuda como un “espacio de fortalecimiento, crecimiento personal y sororidad entre mujeres que enfrentan violencia”. Este último término lo recalcan en varias ocasiones tanto Ana como María, a quien a veces le cuesta un poco pronunciarlo.

Ana es una mujer de clase media, llegó a terminar cuarto año de Contaduría, pero cesó sus estudios porque su esposo se lo prohibió después de que quedó embarazada de su primer hijo. Durante la conversación confiesa que pensaba que así tenían que ser las relaciones, aguantar lo que su esposo le hiciera era su obligación.

La situación de María es diferente. Los domingos hace limpieza en una casa de la colonia San Francisco por $10. Los demás días, después de dejar a Andrés en la escuela, viaja 45 minutos en bus hasta el mercado central, compra $10 de verduras y pollo y regresa a su colonia a las 10 de la mañana para venderlos. Cuando le va bien, gana $3; cuando no vende todo, ocupa las sobras para variar el menú de la casa.

Vive en una zona controlada por las pandillas y estudió hasta octavo grado. Bety Medina la anima a que busque continuar con su educación por medio de un programa de suficiencia a distancia y le promete que para la próxima reunión del grupo de autoayuda le tendrá la información.

Las cifras de la Corte Suprema de Justicia determinan que de las 20,957 mujeres que fueron víctimas de violencia intrafamiliar entre 2012 y 2013 y presentaron una denuncia ante algún Juzgado de Paz, solo el 15 % había completado el bachillerato. En contraste, 17 % dijo que no había completado la primaria y 11 % no completó la secundaria. Pero estos son datos de solo una de las nueve instituciones que otorgaron al ISDEMU información sobre violencia contra las mujeres para el “Informe de la situación y condición de las mujeres salvadoreñas 2009-2014”.

Aunque las condiciones de Ana y María son diferentes, ambas vivieron en el mismo ciclo de violencia. Y poder hablar de estas similitudes abiertamente ha creado un vínculo entre las mujeres que asisten al grupo. Muchas se han hecho amigas. Ana, por ejemplo, ha creado un grupo de WhatsApp donde se comunica con varias del grupo.

El segundo martes Ana cuenta que está ayudando a una de las otras participantes del grupo, Andrea*, a vender las sandalias de crochet que hace. María agradece las buenas noticias sobre Andrea, quien ha estado mal de salud. En los últimos días, intentó comunicarse con ella, pero no contestó su teléfono y ya estaba preocupada. Esto, cree, es algo bonito, tener a alguien con quien compartir, de quién preocuparse porque hasta hace algunos años no tenía ni una amiga. Su esposo se lo prohibía. —Él me prohibía tener amistad. No hablaba con nadie, a veces ni con mi mamá.

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Son pasadas las 4 de la tarde de un día de agosto de 2015. Ana viaja en un bus, se dirige a su casa en San Jacinto después de una sesión del grupo. Desde su asiento observa a una pareja de novios que van algunos puestos adelante. La joven tendrá unos 20 años. Le recuerda a su hija menor, quien tiene 19. La pareja discute. El muchacho le reclama a la veinteañera. Los reclamos se convierten en gritos y los gritos en golpes. En medio del bus. 

Piensa en su hija. Duda por unos momentos sobre qué hacer porque él podría pegarle a ella también. Pero agarra valor, se para y se acerca a la joven. “¡No dejés que te golpee, denuncialo!”, le dice mientras le da unos folletos sobre violencia contra la mujer que le acaban de dar en la Procuraduría General de la República (PGR).

La joven la ve sin decir una palabra, pero el novio no se queda callado. La ultraja, le grita que es una metida. Para su alivio, la pareja se baja en la siguiente parada y ella se queda en el bus, camino a su casa, con su cartera y la satisfacción de no haberse quedado callada.

Esa no fue la primera vez que aconsejó a otra mujer sobre poner una denuncia en contra de su pareja por violencia. Lo ha hecho con una vecina e incluso con una de sus hermanas.

A la vecina también le dio folletos cuando se dio cuenta de que el esposo le había pegado, pero esta no los aceptó, porque el esposo la mataría si se enteraba de que tenía los folletos o estaba pensando en denunciarlo. No aceptó la excusa y le respondió: “No la va a matar por eso, la va a matar si no va (a denunciar)”.

Esta mujer de 45 años no siempre fue así, no siempre fue la que se levanta para defender a otra en un bus o aconseja a una vecina sobre poner una denuncia. Ana fue esa joven cuyo novio la dominaba, fue esa vecina a la que el esposo le pegaba.

Para llegar a donde está ahora, pasó por un proceso de más de tres años desde que puso por primera vez una denuncia contra su esposo en 2012. En ese momento desconocía a qué institución debía recurrir. En algunos viajes en bus había visto anuncios de Las Dignas o del ISDEMU. Cuando tomó la decisión, después de un año de abusos físicos y una amenaza de muerte, lo denunció. Fue hasta mediados de 2013 cuando Ana empezó a asistir al grupo de autoayuda de San Salvador y hasta hace tres meses, en julio de 2015, cuando firmó el divorcio del que ahora es su exesposo.

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Faltan 10 minutos para las 2 de la tarde. Bety Medina y Patricia de Velas están por terminar de arreglar el cuarto donde se reúne el grupo todos los jueves. Cumplieron tres años de estar funcionando el 9 de mayo, al mismo tiempo en que se fundó la Unidad de Atención Especializada para las Mujeres de la PGR. Pero solo desde hace un año se reúnen en el cuarto del sótano.

Para llegar hay que pasar por el garaje del edificio verde, hacia un pasillo. Adentro, en las paredes cafés del cuarto han pegado diferentes carteles. Uno tiene las reglas de cada sesión: respeto, habla quien quiere, cada quien tiene su tiempo, confidencialidad, escuchar, no juzgar, y se asiste cuando se quiere.

Como parte de la atención que provee la unidad, pero también otras instituciones como el ISDEMU y Ciudad Mujer, que también tienen programas de atención especializados para mujeres víctimas de violencia, está la atención en crisis.

Parte de esto puede ser atención psicológica en crisis o ayuda legal. Además, puede recibir un tratamiento psicológico por un período de cuatro meses, el cual se puede extender. María ha recibido terapia individual tanto en la PGR como en los CAPS. A todas las usuarias que llegan en busca de ayuda a la unidad se les ofrece la oportunidad de atender al grupo de autoayuda.

El punto de quiebre de la relación de Ana con su esposo vino un año después de que iniciaron los abusos físicos, pero casi 25 años después de estar en un matrimonio –más dos de noviazgo– que la recluyó en su casa. En el que su esposo controlaba todo.

No podía trabajar ni tenía acceso a las cuentas bancarias. Le daba el dinero exacto para comprar comida. No tenía por qué salir de su casa ni a la tienda porque él ya le había comprado todo. Desde un consomé hasta cajas de fósforos. Todo estaba ahí. La que fallaba, le decía, era ella. “Me comparaba con las otras mujeres, que yo mechuda, que no arreglaba, que estás gorda, que andá al gimnasio”.

Cuando le daba dinero, esperaba el vuelto exacto. Si tenía que pagar recibos en el banco, él la traía, esperaba y llevaba de regreso a su casa. Aunque esto implicara salir de su trabajo durante una hora.

El contacto con su familia era casi nulo y las pocas amigas que tenía eran únicamente las del colegio de sus hijos. Ana recuerda que una vez la invitaron a desayunar y él le permitió ir, pero se quedó sentado a unas mesas de distancia, observándolas. O una ocasión en que una amiga la llevaba en el carro y después de un tiempo se dieron cuenta que él las seguía en su camioneta. “Ellas no me decían nada porque pienso que algunas de ellas viven así, que es normal que el esposo las tenga así”, comenta.

Además, revisaba las cuentas del teléfono para ver los números a los que Ana llamaba. Esos celos descontrolados, cree Ana, venían del miedo a que ella tuviera un amante, así como él tenía amantes desde hacía mucho tiempo. Pero ella se había retraído en su casa y en sus hijos.

Hasta que un año después de que inició la violencia física, empezó a temer por su vida.

Durante tres años Ana durmió en una colchoneta dentro del cuarto de sus hijos, pero esa noche de 2012 su esposo se empecinó en que tenía que dormir junto a él. Sus hijos, quienes tenían 20, 18 y su hija de 16 años, ya habían visto cómo la golpeaba. Y tratando de que esto no volviera a ocurrir, metieron una colchoneta al cuarto y durmieron al pie de la cama de sus padres.

“Me desperté a las 3 de la mañana y estaba sentado viéndome así”, relata Ana, quien cruza los brazos y mira hacia abajo, imitando la cara de su exesposo. Frunce el ceño y con una voz que oscila entre el enojo y la frustración repite lo que escuchó esa noche: “¡A ahorcarte iba!”

Se sentó y le preguntó qué le pasaba y él le repitió las mismas palabras. “Y empezaba de nuevo con su furia”, continúa. Ese episodio fue el que la llevó al día siguiente a buscar ayuda y denunciarlo. “En ese momento yo me quité la vendita y supe que no iba a cambiar”, dice mientras con su mano se quita una venda imaginaria de los ojos.

Tres años después, Ana ya firmó el divorcio, en el cual acordaron que la casa y el vehículo pasarían a nombre de ella y su exesposo le pasaría una mensualidad proveniente de unos terrenos que vendieron.

Ahora está enfocada en su pequeño negocio y con orgullo cuenta sobre sus productos. Hace tarjetas de 15 años con máscaras de brillantina o recuerdos para baby showers de botellas rosadas con listones rosados y decoraciones para una despedida de soltera con un brasier rosado con listones y corazones. Además de las decoraciones, que prepara con producto que compra en el mercado San Miguelito, vende ropa, maquillaje y otros productos que le envía su hermana desde Estados Unidos.

El primer lunes de cada mes prepara 40 desayunos para una empresa. Los lunes, miércoles y viernes prepara 10 almuerzos. Ahora está pensando en terminar su carrera si encuentra cursos en línea. Este martes, después de la última conversación, tiene que regresar a su casa para entregar unos arreglos que le han encargado para los 15 años de un joven.

“Me siento otra, nueva, renovada, realizada”, comenta Ana, quien afirma que su transformación es gracias a la participación dentro del grupo.

María también está invirtiendo en las ventas que hace todos los días. Y su plan inmediato es ahorrar lo suficiente para irse a vivir con sus otros dos hijos, de 16 y 19 años. Se fueron de la casa después de que al menor lo amenazaron cuando viajaba en un bus que pasa por zonas de la pandilla rival a la que controla la zona donde vive. Bety Medina, la trabajadora social, tuvo que hacer las gestiones en la escuela para que le permitieran transferirse sin perder el año escolar.

Después de la salida de su padre de la casa, Andrés, quien tiene ocho años, ha cambiado para bien. “Antes estaba mal. Le costó aprender a leer, no participaba en nada. Hoy sí. ¡Lo escogen para maestro de ceremonias para los actos cívicos!”, cuenta frente a la trabajadora social con una sonrisa en la cara.

Cerca de las 3:30 de la tarde, María sale de la Procuraduría General de la República en el Centro de Gobierno, cruza la calle donde todavía abundan carros, ventas y oficinistas que están por llegar a su hora de salida. En la esquina opuesta entra a un parqueo, cruza unas puertas de vidrio, pasa por una salón con sillas negras, un pasillo y abre una puerta de vidrio polarizado. Ahí está la ludoteca.

En medio de mesas pequeñas, estantes con juguetes, colores y decoraciones, Andrés está sentado. Es moreno como Ana, pero con ojos grandes y brillantes. Tiene una camisa de rayas amarillas y negras. Se levanta y se dirige a donde su madre. Se miran, sonríen y se abrazan. Le enseña el dibujo que ha hecho mientras ella estaba al otro lado de la calle. Salen y se alejan, buscando la parada de buses.

Quizá en el camino se entretendrán con algunos de los juegos que les gustan. Puede ser el de carros, cuando Andrés viene manejando y le pita para que se aparte. O en el bus jugarán de decir cuál es el carro que más les gusta. A veces, dice María, vienen como locos en el bus, solo ellos hablando. “Trato de hacerlo un poquito feliz, que sea un niño bien desarrollado. De que su recuperación –porque él también está en recuperación– sea mejor, más rápida”.

*Los nombres de las mujeres que contaron sus historias han sido modificados y ciertos detalles se han omitido para proteger su identidad y mantener su seguridad.