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La Prensa Gráfica - Séptimo Sentido

Publicaciones relevantes que hice durante mi período en La Prensa Gráfica. Ahí trabajé entre 2014 y 2016 en la sección de Judicial, Internacionales y, durante el último año, en la revista dominical, Séptimo Sentido.

Recibir a los que no quieren retornar

El Centro de Atención Integral para Migrantes (CAIM) recibe todos los días a más de 200 personas deportadas desde México. El regreso está acompañado de historias de maltratos y carencias y encontrado con un centro que, un año después de la crisis migratoria de 2014, todavía está en proceso de adaptación, sobre todo en el caso de los menores.

Publicado en Séptimo Sentido / 20 de septiembre de 2015

Si de algo está plagado este lugar es de historias. De lunes a viernes, cientos de ellas se derraman sobre sus cuartos, pasillos, sillas y sillones. Algunas se aferran a dibujos que cuelgan de las ventanas solaire que dividen un cuarto de otro. La mayoría vive en la memoria de los que trabajan aquí, quienes día a día atienden, escuchan y registran la entrada de cientos de salvadoreños que decidieron huir de su país en busca de seguridad, de familiares, en busca de algo mejor, pero que fueron arrojados de regreso a El Salvador.

Como dice una de las personas que conviven con esta realidad: cada persona, cada menor, cada caso es una historia. Nadie se va a mover de su país por algo que no sea de peso. Nadie, por muy humilde que sea, se va a ir de su terruño para ir a exponer la vida a un lugar donde ni nos quieren, declara Ana Luz Belloso de Hernández para cerrar su reflexión.

El Centro de Atención Integral para Migrantes (CAIM) entró en un proceso de transformación después de que la crisis de menores migrantes saliera a la luz con la declaración del presidente estadounidense Barack Obama en junio del año pasado. Entre octubre de 2013 y septiembre de 2014 un total de 68,541 menores indocumentados, de los cuales 16,404 eran salvadoreños, fueron detenidos al cruzar la frontera de Estados Unidos con México sin un acompañante legal. El año fiscal anterior, por ejemplo, 5,990 menores salvadoreños fueron detenidos en la misma situación.

Para entonces, sentencia Ana Solórzano, jefa de repatriación terrestre de la Dirección General de Migración y Extranjería (DGME), el centro ya llevaba dos o tres meses en crisis por el aumento de menores deportados. Y la emergencia no venía desde Estados Unidos, sino por los menores y adultos que todos los días aún vienen deportados en buses desde México.

Esa declaración significó mucho para el centro. Para Solórzano, hay un antes y un después de la emergencia declarada por el presidente Obama. Después de ser casi invisible, entró al radar de instituciones gubernamentales y no gubernamentales.

Hasta hace cuatro meses el centro se encontraba en la colonia La Chacra al oriente de la capital. Un complejo que antes le perteneció al Ministerio de Obras Públicas y se acomodó para albergar el centro. Con el incremento cada vez más grande de deportados desde México, el centro ya no pudo. “Desbordamos capacidades instaladas y de recursos humanos”, declara Solórzano, sentada en una de las oficinas del centro temporal en la colonia Utila.

Recalca que no es la misma dinámica atender a 100 adultos que a 100 menores de diferentes edades. Los niños reflejan inmediatamente el cansancio de un viaje –que puede durar hasta 24 horas–. “Vienen cansados, no han dormido, tienen hambre, quieren hacer pipí, quieren hacer pupú. Lloran...”, enlista Solórzano, quien a medida avanza en su lista agudiza la voz, como imitando a un niño que se queja y está a punto de soltarse en llanto.

Antes de la declaratoria de la crisis, ni el Instituto Salvadoreño para la Niñez y la Adolescencia (ISNA) ni el Consejo Nacional para la Niñez y Adolescencia (CONNA) tenían presencia dentro del centro.

Las altas cifras de deportaciones desde México se mantuvieron y el centro pasó en enero a la colonia Utila, en Santa Tecla, de manera temporal mientras el otro es remodelado para aumentar su capacidad en un 75 %, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Este organismo realiza la remodelación, la cual es financiada por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) por un monto de $900,000.

Las instalaciones a las que cientos de migrantes llegan desde enero parecen amplias cuando el centro está vacío. Es miércoles y solo dos buses llegaron. Para las 10 de la mañana ya atendieron a todos los deportados. Es una casa que la DGME alquila. Cualquiera diría que es una casona, típica de esta colonia de Santa Tecla, pero al centro le queda corta y tienen que arreglárselas ahí hasta diciembre.

A pesar de la remodelación, del acompañamiento permanente de ISNA, CONNA, PGR y otras instituciones gubernamentales y no gubernamentales, que reconoce y agradece, Solórzano deja algo claro: “No podemos solos. Necesitamos de organizaciones no gubernamentales, de organismo internacionales, de otras instituciones del Estado que identifiquen de qué forma se pueden sumar al esfuerzo, pero solos no podemos”.

***

...¿Y esto es México? 

¿Estamos todavía en Guatemala?

¿Ya llegamos a Estados Unidos?

¿Puedo ver a mi mamá?...

Cuando Ana Luz Belloso escucha alguna de esas preguntas saliendo de la boca de uno de los menores que llegan al centro, su mente empieza a trabajar. Primero, cuántos años tiene ese niño; después, si es un niño o una niña; y por último, busca uno de los juguetes más bonitos. Mientras hace esto, le explica al menor que no, no está ni en Estados Unidos, México o Guatemala. Está de regreso en el país que creía haber dejado atrás. Y no, no va a ver a su mamá que vive en Los Ángeles, California.

Algunos de los menores no saben ni dónde están y Belloso, una mujer de voz suave y calmada, les tiene que explicar su situación. La reacción de muchos es llorar. Por eso ideó la estrategia del juguete. Así, después de la mala noticia, el niño tiene algo con que olvidar la tristeza. Si no piden explicaciones, ella no se las da.

Belloso de Hernández, una docente con especialización en parvularia y narrativa que trabaja para la Fundación Empresarial para el Desarrollo (FEPADE), tuvo la tarea de organizar el espacio lúdico que está dedicado a los niños que pueden ser desde bebés recién nacidos hasta niños de 12 años. Los adolescentes tienen un lugar aparte. Pero Belloso solo llega los martes –uno de los dos días que llegan menores de edad al centro de La Utila–. Su tiempo ahí es una donación, como casi todo lo que conforma la ludoteca.

Esta no siempre existió. Se creó después de la declaratoria de emergencia en junio de 2014, como una colaboración de Glasswing, Save The Children, Fundación Empresarial para el Desarrollo (FEPADE) y la Conferencia de Religiosos y Religiosas de El Salvador. Aunque ellos lo organizan y sus voluntarias están presentes, formalmente los menores están bajo la tutela del ISNA.

Antes, cuando llegaban bebés, por ejemplo, el centro ni siquiera tenía un lugar donde cambiar pañales y Solórzano recuerda que usaban mesas que cubrían con sábanas como cambiadores. Con la crisis, un sindicato hizo una visita de emergencia y la comitiva dijo que podía donar un cambiador, que ahora está acomodado en una esquina.

Decir que el espacio lúdico es pequeño sería pecar de minimizar el problema. El área de la ludoteca probablemente estaba definida en los planos de la casa alquilada de la Utila como un pasillo entre la sala y la cocina o un espacio para el desayunador.

Un armario movible de más o menos dos metros separa a la ludoteca de la sección donde los empleados de migración entrevistan a los adultos. El armario tiene hendiduras donde hay cajas que albergan juguetes, libros y dibujos decoran los espacios donde no las hay.

Mesas pequeñas, que obligan a los adultos a estar casi que hincados, dividen el corredor, que va a la cocina, de la ludoteca. Siendo generosos, la ludoteca tiene un área de 10 metros cuadrados. Solo el lunes 3 de agosto atendieron a 26 menores en ese espacio, según cuenta Roxana Letona, una de las voluntarias de Glasswing.

Una cifra alta al principio de la crisis, pero que ahora ya es baja en comparación al martes y viernes de esa semana, cuando recibieron a 69 y 35 menores, respectivamente. Usualmente, los menores llegan solo martes y viernes, pero ese lunes los recibieron de manera excepcional a petición del Gobierno mexicano.

El trabajo de todos los que colaboran ahí, explica Belloso, es que durante las tres horas, que en promedio pasan los menores esperando los trámites de su deportación, jueguen, se diviertan, “que la tristeza que viene dibujada en su carita desaparezca”.

Cuando regresan de un viaje, después de estar en centros de detención, en un bus por más de 12 horas, se les nota en sus caras la sorpresa de ver juguetes que quizás nunca han visto. Hay dinosaurios, carros, muñecas, Barbies, trastos de cocina de juguete. El martes 21 de julio, Belloso tiene el recuerdo de un niño en mente. Era originario de Santiago de María y llegó en uno de los seis buses que entraron. Lo describe como un niño que no tiene juguetes más que una cuma. “Son niños sin infancia”, comenta.

***

El parqueo está vacío. En lugar de carros, 50 sillas se acomodan bajo un toldo azul que las resguarda del sol. Cuando alguien camina, el sonido de la grava inunda el espacio al aire libre. Cuatro baños móviles se ajustan al otro extremo. Por ese portón negro entran un promedio de 233 personas que vienen deportadas desde México todos los días. Este centro, desde enero de este año y hasta diciembre, es el primer contacto con El Salvador que los deportados tienen al regresar.

Muchos de esos también son adolescentes que ocupan los oídos solidarios de las voluntarias para desahogar las vivencias que cargan consigo. Muchas, muchas, muchas veces niños, niñas y adolescentes confían en las voluntarias las vejaciones que han sufrido en el camino, enfatiza Roxana Letona, quien ha colaborado en el centro como voluntaria por parte de Glasswing desde hace un año. Y muchas de esas veces, dice, no contaron sus historias ni a migración, ISNA o CONNA.

Parte de la confianza que generan viene de su edad, dice, ya que son jóvenes estudiantes universitarias, la mayoría mujeres. La participación de Letona como voluntaria es parte de la colaboración de Glasswing dentro del centro de atención al migrante. Desde agosto del año pasado, esta joven coordina a tres o cuatro voluntarias de la organización que están en el centro.

Al principio de la crisis, dice Celina de Sola, quien es vicepresidenta de programas y cofundadora Glasswing International, el trabajo de las voluntarias era sobre todo ayudar en el proceso, con el papeleo e incluso sacar fotocopias. Esta parte se mantiene, pero con el tiempo las voluntarias también se han convertido en un apoyo a los menores que vienen.

Cuando se le pide a Letona que relate la historia que más le ha impresionado, hace una pausa y exclama: “¡Ya voy a llorar!”. Se detiene de nuevo y De Sola aprovecha para pedirle que tenga cuidado con lo que relata para resguardar la identidad de las personas. Los únicos detalles que ofrece del caso, que casi le saca las lágrimas, es que era una madre que se fue hacia México con sus hijas de cuatro y seis años pidiendo en las calles. Minutos después dice: “Las niñas son las que tienen más índices de maltratos”.

Letona ha escuchado historias que van desde cómo el coyote o guía les pidió a los jóvenes sus pertenencias minutos antes de que migración los detuviera, hasta cómo niñas adolescentes que son ofrecidas para ser violadas a cambio de que un grupo de migrantes pase de un lugar a otro.

Las voluntarias, sin embargo, solo pueden aconsejarle a los adolescentes que denuncien estas situaciones con las autoridades correspondientes. No pueden hacer las denuncias por ellos. De Sola es enfática y asegura que como política de confianza y transparencia una voluntaria de Glasswing no puede contar una historia privada de un migrante.

Ante las voluntarias, muchos de los adolescentes se muestran dinámicos, activos e incluso alegres. Tanto Letona como De Sola hacen un pero a esta actitud. Muestran una cara feliz, pero ellas aseguran que saben que bajo la superficie traen el miedo de un camino peligroso.

“Pero al final, ¡el valor que requiere migrar! O sea, uno dice, estos son los chicos que queremos en este país, que tienen ese valor, queremos que se queden aquí porque van a hacer grandes cosas si se les da lo que necesitan”, comenta De Sola, quien cree que todavía hay mucho por hacer, sobre todo dándole seguimiento a los casos de los deportados para evitar que migren de nuevo.

***

De lunes a viernes, alguien de la DGME se para al frente de un cuarto, que puede acomodar alrededor de 90 sillas, para explicarles a los salvadoreños que bajan de los buses el proceso por el que tienen que pasar. Les explica los pasos y les anuncia que tienen derecho a hacer llamadas telefónicas gratuitas a teléfonos celulares y fijos dentro del país y Estados Unidos. Cada mañana ponen teléfonos a la par de una cafetera.

Esto, explica Solórzano, baja la ansiedad con la que llegan las personas. Terminan el viaje con un desgaste físico y mental alto por el cansancio, las condiciones de resguardo, porque no están acostumbrados a estar detenidos, por las condiciones del retorno. Una vez tienen contacto con su familia, se tranquilizan.

Cuando bajan del autobús, los migrantes no solo se enfrentan al cansancio físico y emocional. Hay otra barrera en su camino: la estigmatización. Es por esta razón que como institución del Estado ha acuñado el término de “retornados” en lugar de deportados.

El Salvador no es el único país que ha dejado a un lado la palabra “deportado”. También el Gobierno mexicano, el cual denomina las deportaciones como un retorno voluntario asistido.

Para Celia Medrano, excónsul general de El Salvador en Washington, D. C. y ahora coordinadora de la fundación para los derechos humanos Cristosal, todos estos términos no son más que eufemismos para referirse al proceso de deportación de miles de salvadoreños. “La diferencia está marcada por la voluntad legal de la persona. Una repatriación puede ser voluntaria, una deportación no”, sentencia.

Solórzano reconoce que el término correcto es deportación y que el retorno asistido voluntario realmente no es voluntario, pero defiende el cambio de término por parte del Estado salvadoreño como una forma de combatir la estigmatización. Para ella, incluso aquellos deportados que tienen un historial criminal son personas con especial condición de vulnerabilidad.

—En 2014 vinieron 28,000 personas vía aérea procedentes de Estados Unidos y de las cuales 4,000 venían con antecedentes. O sea que 24,000 vinieron sin antecedentes –afirma.

Por otro lado, comenta, antecedentes no siempre implican crímenes graves. Todos pagaron la pena por el delito que hayan cometido y la mayoría de esas personas, asegura, obtuvo esos antecedentes por delitos menores como agresiones verbales, manejar sin licencia, manejar ebrio o no portar un documento original. La minoría son los que cometieron delitos graves como homicidios o violaciones. Independientemente, para Solórzano, estas son personas con un grado mayor de vulnerabilidad porque muchos ya no tiene un arraigo personal en el país.

Después de comer pupusas y escuchar la descripción del proceso, cada una de las personas que llega desde México debe pasar por una entrevista. La sala de la casa tiene siete escritorios donde entre ocho y nueve miembros del personal de la DGME entrevistan de forma individual a los migrantes. Las piden datos para generar un perfil: nivel académico, experiencia laboral, motivos de migración. Además, la entrevista se usa para verificar condiciones de vulnerabilidad, si necesita atención médica, zapatos, ropa.

En el caso de los menores, por ejemplo, antes de que salgan de México ya se ha realizado un trabajo previo en coordinación de los consulados y el CONNA para que regresen con documentos de identidad en mano. Además, ya se ha establecido quién es la persona autorizada para llevarse al menor una vez llegue a El Salvador.

Los casos de los adultos, sin embargo, están menos documentados y sus historias muchas veces pueden perderse entre el papeleo, asegura Celia Medrano. La excónsul cree que el sistema se ve ahogado y sobrepasado por el alto número de deportados por lo que, por ejemplo, los cónsules pasan la mayor parte del tiempo verificando la identidad de los migrantes.

“Los migrantes retornados no pueden verse como números. Si se ve como un número, difícilmente pueden generarse programas eficaces de atención que se focalicen en el factor humano de este problema”, declara.

En cambio, Solórzano afirma que en medio de las carencias buscan cubrir al menos el mínimo de las necesidades de los salvadoreños que pasan por ahí. Si necesitan hacer una denuncia de violaciones a derechos humanos en México, por ejemplo, hay un funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores en el centro para hacer el registro.

La DGME reconoce algunas condiciones especiales de vulnerabilidad como personas menores de edad, de la tercera edad, mujeres embarazadas, personas con enfermedades físicas o mentales que han sido víctimas de delitos o que ya no tienen arraigo en el país. Solórzano recuerda uno de esos casos, el de un salvadoreño que atendió en dos ocasiones diferentes y que ya no tenía familia en el país.

Roberto era un hombre de la tercera edad que tenía más de 20 años de vivir en Estados Unidos cuando fue deportado la primera vez y llegó al país y no tenía ni dinero, ni familia y ni documentos.

En casos como este, Solórzano expresa que hacen uso de cualquier herramienta para encontrar algún familiar. Preguntan si recuerdan alguna tía, primo o alguien. Si tienen un nombre, se dirigen al Registro Nacional de la Personas Naturales o a las alcaldías para buscar partidas de nacimiento y buscar esas conexiones. A veces también piden ayuda a la PNC para ubicar a esos familiares.

Pero cuando todo falla –y en el caso de Roberto todo falló– se ven obligados a buscar un albergue temporal para los deportados. La DGME trabajó en este caso junto con el Ministerio de Relaciones Exteriores y lograron documentar a Roberto y su hija, quien vivía en Estados Unidos, le envió dinero y pudo salir del albergue. Supuestamente se quedaría dentro del país.

Ocho meses después, Roberto apareció de nuevo en las filas de salvadoreños deportados. Estaban dispuestos a ofrecerle albergue, como lo habían hecho antes, pero él rechazó la oferta. “Voy a pagar un hotel y mañana me voy de regreso”, fue su respuesta.

Las deportaciones recurrentes no son extrañas. Todas las personas entrevistadas para este reportaje recuerdan varios casos de este tipo. Una en especial destaca. Una mujer que ha pasado, al menos, 10 veces por el centro, según relata Celia Medrano, de Cristosal. Diez deportaciones y, al menos, nueve intentos de huir del país.

Las 10 veces que ha regresado, cuenta Medrano, la señora asegura que no puede regresar a donde vive e informa que emprenderá de nuevo el viaje a Estados Unidos. La última vez llamó a su casa para ver si podía llegar. Y, como un guion de un episodio de una serie de televisión que se repite una y otra vez, le dijeron que no podía regresar porque su vida corría peligro. En una segunda llamada telefónica le pidió posada a otro familiar que residía al otro extremo del país. El plan consistía en quedarse ahí una noche y emprender el viaje una décima vez.

Medrano se pregunta si ya habrá cumplido la decimoprimera deportación. En la mayoría de casos, como en este, la red familiar es la que resuelve los problemas de los deportados. Esto, sin embargo, no significa que no vayan a migrar otra vez.

A pesar de que se registre la octava, novena y décima deportación, Medrano critica que no hay un sistema que permita estudiar el fenómeno y proveer apoyo a las personas que no pueden regresar a su lugar de origen. Esto se agrava cuando se toma en cuenta, dice, que la migración está relacionada al desplazamiento forzado.

Ana Luz Belloso, por ejemplo, recuerda un abuelo cuando llegó a traer a su nieto de 14 años que había sido deportado. Tristeza emanaba de su cara. Vivían en una zona rural, donde pandilleros querían que el joven se uniera a la mara. Si no lo iban a matar.

El joven dejó de estudiar y de salir de la casa, solo trabajaba. Estaba preso, estaba desesperado, recuerda Belloso. El abuelo vendió dos vacas para pagar el viaje, pero después de la deportación del nieto, ya no sabía qué hacer. El señor estaba triste. Me dijo: “No podemos salir del rancho, si esa es nuestra vida... y para dónde mandamos a este cipote”.

***

De la entrevista, los migrantes pueden pasar a una consulta médica dentro del centro. La clínica es un cuarto con una camilla, un escritorio y un armario con las medicinas utilizadas para combatir enfermedades comunes, como catarros, migrañas y malestares estomacales. Y tres personas: dos médicos y una enfermera, quienes atienden a todos los menores de seis años y a aquellos migrantes que lo pidan.

Mirna García Morán, enfermera encargada de la unidad, cuenta que entre los casos que ha atendido está el de un hombre que llegó con una herida que había sido suturada, pero 15 días después todavía tenía los puntos. Estos solo tienen que durar siete. Otra migrante, dice, llegó a la clínica con una herida en la planta de un pie. Sucia y con la gasa pegada a la piel. En casos como estos, cuando el paciente requiere más tratamiento, desde la clínica elaboran una referencia médica para un hospital o unidad de salud.

Al igual que el Ministerio de Salud, el CONNA y el ISNA tienen oficinas dentro del centro de atención al migrante. Hasta el cierre de este texto, ninguna de estas dos instituciones otorgaron entrevistas con las personas que reciben a los migrantes, después de repetidas solicitudes.

La integración de estas instituciones al centro, cree Celia Medrano, de Cristosal, es una consecuencia positiva de la crisis de 2014. —Llegaban niños sin mamás, sin papás, con problemas de identidad y se le entregaba un niño a un hermano o a un vecino sin probar ni verificar previamente –asegura.

Aunque Solórzano no menciona estas entregas, reconoce que previo a junio de 2014, la DGME tenía que asumir funciones que no le competían al encargarse de documentar –junto al Ministerio de Relaciones Exteriores y la PNC–, identificar y ejecutar acogimientos de emergencia. Para la primera mitad del año pasado, con un aumento drástico de menores migrantes, la dirección desbordó sus capacidades.

Además de la integración, Solórzano destaca que con donaciones han podido hacerle frente a algunas necesidades inmediatas con las que regresan los deportados. Algunas tan básicas como pantalones y zapatos, otras como kits. Al centro llegan migrantes a los que en los centros de detención les quitaron hasta las cintas de zapatos y cinchos. “Y es gente que no tiene para comprar un cincho, pues”, comenta Ana Luz Belloso.

Al centro, los migrantes llegan con la misma ropa que llevaban cuando los detuvieron. Los mismos zapatos, las mismas camisas que llevaban en el camino, explica Ana Solórzano, de la DGME. La dirección de Migración ha recibido donaciones de kits de higiene, kits para niños y niñas menores de un año, y camisas, pantalones y zapatos. La ludoteca está entre esas donaciones.

Después de un refrigerio, los menores pasan ahí. Para empezar, pueden colorear, ver televisión. Actividades individuales, dice Belloso quien ideó el espacio. Solórzano donó un televisor y ella presta todos los martes su DVD para que puedan ver caricaturas y películas.

Tras colores o la televisión les puede seguir un juego de armar, un rompecabezas o un libro. Los juegos en grupo vienen después. Es casi como una guardería, dice Roxana Letona, de Glasswing. Pero no lo es.

El espacio reducido es solo uno de los desafíos con los que se enfrentan. Otro, es el amplio rango de edades. Esto implica que tienen que controlar los juegos de los mayores para que no afecten a los menores. El martes 21 de julio, por ejemplo, en los seis buses que entraron, en un período de más o menos tres horas, llegaron una niña de cuatro meses y un niño de un año de edad.

En una guardería o en un aula de escuela, explica Belloso, los profesores establecen en los primeros días de clases reglas y límites y la siguiente semana el menor se acomoda a este ambiente. Pero en el centro, tanto voluntarias como menores, solo tienen algunas horas para establecer una conexión. A veces no saben ni cómo decirle: ¡usted! ¡señora! ¡señorita! ¡Mire, niña! ¡Mire, mujer!

Cuando llegan los niños, lo que tratan es hacerlos sentir cómodos y despreocupados. Recibir una cinta de zapato o una página para colorear es agradecido, tomando en cuenta las vejaciones que estos salvadoreños han pasado, ya sea en el viaje como indocumentados o en los centros de detención en México.

Vienen de centros de detención donde los tratan, según los relatos que Belloso ha escuchado, como prisioneros. Cita quejas de los menores que han pasado por la Estación Migratoria Siglo XXI en México. No entienden por qué a menores de otras nacionalidades reciben una mejor atención que los centroamericanos. Las camas, dice, son de cemento para evitar que las muevan, las colchonetas estás sucias. Está acostumbrados a resguardar todo lo que llevan consigo. Se turnan para dormir para que no les roben. “Los tienen como ganado, digo yo por lo que me han dicho... La gente viene maltratada, cansada y, sin embargo, muchos de ellos, al salir, el coyote está afuera esperándolos...”, dice.

***

Las ventanas están cubiertas de dibujos que los niños han coloreado. Dividen dos cuartos. Uno cuyas paredes están revestidas de sillas de plástico donde se sientan los adolescentes y el otro, la ludoteca. En comparación, el cuarto de los adolescentes se ve desolado. No tiene decoraciones más que algunos libros y revistas acomodadas de manera desordenada en los huecos de la pared de cemento.

Hasta hace algunos meses, la historia que más impacto ha tenido en Ana Luz Belloso seguía expuesta en esas ventanas que dan al cuarto de los adolescentes. En septiembre del año pasado, una niña de siete años llegó a la ludoteca. Se le acercó a Belloso y le señaló uno de los dibujos que colgaban de las ventanas. —Ay, ¡ese es mi dibujo! Todavía está aquí –le dijo.

El mural es una especie de sistema de alerta que Belloso mantiene para detectar aquellos menores que han sido deportados por segunda, tercera o más veces. La maestra se acercó al mural y revisó la fecha del dibujo. Dos meses habían pasado. Fíjese –le dijo– que los zapatos que usted me dio, se me arruinaron. Son estos –continuó señalando los zapatos de lona que llevaba puestos.

Cuando vio los zapatos raídos, Belloso fue por otro par y se los intercambió. “Los mismos zapatitos. Con esos había ido y con esos había regresado”, comenta Belloso entre sorbos de una taza de café casi un año después de ese momento.

Esos zapatos desgastados los puso en un marco y abajo les puso una leyenda: “Si estos zapatitos hablaran, te dirían que ya hicieron el viaje y te dirían que no lo hagas, que es muy peligroso”.

Los zapatos desgastados adornaron la ludoteca. Adornaron, en pretérito porque luego desaparecieron del marco, dejando atrás solo la leyenda. Belloso cree –espera– que alguien más necesitado pensó que todavía podían servir. “Ahí tengo el marco con la leyenda, pero sin los zapatos. Esa es una historia que a mí me... púchica digo yo... Los zapatos se fueron, vinieron y alguien se los llevó para volver a hacer el viaje... los pobres zapatos. Ojalá que les vaya bien”.