Diez noches en el psiquiátrico Arce
Publicado en Séptimo Sentido / 22 de noviembre de 2015
Ese sábado, Daniela* despertó llorando. Las gotas de agua salían de sus ojos de manera descontrolada y ella no podía hacer nada para pararlas. Esperó una hora y las lágrimas seguían brotando. En mente tenía la recomendación que le dio su psiquiatra solo un par de semanas atrás cuando le preguntó qué tenía que hacer en caso de una crisis.
A las 10 de la mañana agarró su cartera en la que llevaba su celular, billetera, unos post-it y una agenda –porque todavía usa agenda de papel como calendario y directorio telefónico– y lo que nunca le falta: un bolígrafo. Salió de su casa sin decirle una palabra a sus dos hijos, subió al carro junto a su hermana, quien la llevó al área de emergencias del hospital general del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS).
Cuando llegó a la sala de emergencias, puso sobre su regazo el suéter negro que llevaba consigo además de la cartera. En los 15 minutos que duró el viaje desde su casa, el llanto continuó. Por eso, al llegar a emergencias se sentó e inclinó su cabeza porque así no se veía el agua que salía de sus ojos.
Pasó una hora hasta que pudo pasar con el psiquiatra de turno del hospital general para que la examinara. Este es el único hospital que cuenta con emergencia psiquiátrica las 24 horas del día, tanto durante la semana como sábados y domingos.
A la 1 de la tarde que entró a la entrevista, este le hizo una serie de preguntas para determinar si se le asignaría una cita, permanecería en observación unas horas o sería admitida al Hospital Policlínico Arce, el hospital del Instituto Salvadoreño del Seguro Social que está especializado en el área psiquiátrica, neurológica y algunas atenciones ambulatorias para pacientes diabéticos.
¿Se ha sentido triste? No. ¿Ha sentido desánimo? No. ¿Ansiedad? Tampoco. ¿Miedo? Sí. ¿A qué? A la vida. ¿Ha tenido ideas de quitarse la vida? Sí. ¿Ha pensado cómo? Sí.
Algunos meses después de ese sábado, Daniela, una mujer de poco más de 50 años, recuerda las preguntas que le hizo el médico de turno y sus respuestas. Su voz es baja y suave y con pocas alteraciones. Pareciera que no cuenta nada sobresaliente, pero en realidad hace una lista de opciones para quitarse la vida. Una lista a la que con el paso de los años ha ido agregando o eliminando alternativas.
“He visto que los venenos son muy efectivos. Por ejemplo, con gas propano. La otra efectiva y que no es sangrienta... porque bien dicen que a las mujeres no nos gusta tanto la sangre. Es una medida que no es sangrienta, no es sucia, en fin... combinar con tomar muchas pastillas, calmantes para que se duerma y ya no despierte, por ejemplo, esa es una opción”, comenta.
Otra de las opciones que ha visto, pero que sí implica sangre es cortar una vena. Rápidamente elimina las venas de las muñecas, el lugar que está en el imaginario colectivo de alguien que usa este método para quitarse su vida. “He ido viendo, cada vez que me sacan sangre, busco detectar cuáles son las venas que más sangre dan. Tengo una muy gruesa por el ombligo. Con pequeñas incisiones podría uno sangrarse, me imagino, que rápidamente”.
Después de esa entrevista, el médico de turno le informó que se quedaría ingresada en el Hospital Policlínico Arce. Desde las 11 de la mañana a las 3:30 de la tarde esperó junto a otra mujer el traslado del Hospital General al Psiquiátrico. El médico indicó que le pusieran suero mientras esperaba. Ahora, Daniela especula que este dio esa indicación porque sabía que no le darían de comer hasta que fuera la hora de cenar en el otro hospital.
En el corazón del edificio, en la primera planta, está el ala donde se mantienen los pacientes hospitalizados del área de psiquiatría. Del elevador y las escaleras se puede observar un espacio en u, donde la estación de enfermería y otros cubículos quedan al centro rodeados a la izquierda por tres grandes habitaciones para mujeres y a la derecha tres para hombres y al fondo por accesos al área de aislamiento y cubículos de los médicos y consultorios individuales.
A Daniela la llevaron al primer dormitorio de mujeres, que está a solo un par de metros alejado de la cama 3, la cual le habían asignado y lo primero que escuchó fue un “¡vaya, vaya, vaya, usted ya conoce cómo es aquí!” de parte de una de las enfermeras de turno. Pero no sabía que eso significaba que tenía que despojarse de todo lo que traía encima.
Dentro de una bolsa empezaron a meter todas sus pertenencias. La cartera con todo lo que tenía ahí, incluyendo su celular, agenda y el bolígrafo que siempre lleva con ella. Su ropa, sus zapatos e incluso querían que entregara los lentes que usa todos los días todo el tiempo porque sin ellos no ve. Me negué a entregarlos porque yo sin ellos no veo –recuerda meses después– y me dijeron que me los iban a robar.
El momento pasó tan rápido que no pudo sacar sus gotas de ojo que necesita tres veces al día porque padece de síndrome de ojo seco o sus medicinas para reflujo gastroesofágico.
El doctor Mario Flores Pineda, jefe de hospitalización de psiquiatría del Hospital Policlínico Arce, acepta que las reglas son estrictas sobre lo que pueden y no pueden ingresar los pacientes que son ingresados a esta área. Además, acepta que han recibido quejas de los pacientes al respecto. “Sí, somos un poco celosos. No se permite nada solo lentes, prótesis... De ahí: radio, teléfono, libros, no se puede”.
Lo que más discordia ha generado, comenta Flores, es el teléfono celular. Esta medida se toma por dos razones, agrega la doctora Claudia Barahona, directora del Hospital Policlínico Arce. La primera es porque estos pueden ser un vehículo para contactar a posibles estresores, por ejemplo, una persona que tiene un problema con su pareja y el contacto con esta no ayuda al tratamiento. Y la segunda razón es por lo mismo que la enfermera le dijo a Daniela. El hospital no se hace responsable de objetos de valor, por lo que la mejor política que han encontrado es guardarlos bajo llave o entregárselos a los familiares de los pacientes.
Después de las 5 de la tarde de ese sábado, Daniela se quedó en un pantalón y una bata de algodón que el hospital provee, sin documentos de identidad y sin sus pertenencias más que sus lentes y el reloj que escondió en su puño cuando las enfermeras guardaban sus objetos en una bolsa plástica. Hasta los zapatos que tenía, unos negros de piso, estaban prohibidos. Sus familiares le tenían que llevar unas chancletas plásticas. “A parte de que uno está enfermo, le quitan todos los elementos de identidad y lo dejan solito con una bata”. Las autoridades tienen argumentos, pero Daniela solo describe en qué se convierten las medidas en el corazón de alguien que ya va vulnerable.
Entre las 7 y 8 de la noche de ese sábado le hicieron una entrevista a la orilla de su cama. En un momento, Daniela recuerda que fueron dos médicos jóvenes, un hombre y una mujer. En otro, solo menciona al médico joven. La entrevista consistió en preguntas muy similares a las que le habían hecho en el hospital general. Lo único que le dijo el médico es que su caso parecía ser síndrome del quemado.
Ella no es la única paciente que percibió la “bienvenida” a un lugar donde llegan pacientes vulnerables como un cubetazo de agua fría. La estadía de 11 días de Daniela en el psiquiátrico del ISSS se traslapó con la de 15 días de Federico, un hombre de más o menos la misma edad. Cuando ingresó, este tenía ya tres meses en los que solo dormía más o menos una hora diaria.
El primer día que Federico* entró al área psiquiátrica se encontró con la sorpresa de ser tratado –según sus propias palabras– como a un reo. Al enterarse que iba a ser ingresado por el problema de insomnio que tenía desde hace varios meses, se imaginó que permanecer en esa parte del hospital sería como cualquier otro ingreso. Parecido a la vez que estuvo hospitalizado por un accidente automovilístico.
Rápidamente se dio cuenta de que no era así. Lo dirigieron hacia uno de los cuartos de aislamiento que quedan al fondo de la u que conforma el área psiquiátrica y ahí una enfermera le agarró el maletín que traía junto a él y le cuestionaba: “¿Qué tiene aquí? ¿qué tiene aquí?” mientras lo revisaba. Al igual que Daniela, Federico alza la voz cuando repite las palabras que la enfermera le dijo al llegar al hospital. Son documentos –le respondió–.
Mientras la enfermera le revisaba sus cosas, un guardia estaba afuera del cuarto. Federico los observó sin decir nada, pero pensando en que qué extraño era eso. Aunque dice que no era un guardia de seguridad y razona que son reglas que probablemente están ahí por alguna situación que se dio, cree que no deberían tratar a los pacientes con prepotencia.
Un hombre, quien durante la guerra civil de El Salvador estuvo en el ejército destacado como instructor de cursos de ascenso, dice de su entrada al hospital psiquiátrico del ISSS: “Son reglas, pero no deja de asustar”.
***
Los primeros días de Daniela en el hospital psiquiátrico no mejoraron con respecto a esa primera tarde. El cuarto en el que estaba es el primero que se ve al entrar al área. Los seis cuartos grandes que rodean la u tienen una pared de más o menos un metro de alto que permite a quien pase por el pasillo observar sin ningún obstáculo las seis camas individuales distribuidas en el cuarto.
Cuatro de un lado y dos del otro. En ese lado solo caben dos camas porque hay dos cuartos, uno con un inodoro y un lavamanos y el otro con una ducha. Por medidas de seguridad de los pacientes, explicaron los doctores Flores y Barahona, ninguno de esos espacios se puede cerrar con llave.
Después de la cena de las 5 y la ronda de pastillas de las 9 de la noche su primer día completo inició con las enfermeras despertándola antes de las 6 de la mañana del domingo. El día anterior nadie le había explicado cómo funcionaba el lugar y se encontró con que las enfermeras toman signos vitales a esa hora para que luego las seis mujeres de la habitación se bañen. Las pacientes tenían hasta las 8:30 de la mañana para estar listas y haber ordenado sus camas.
“Todo era en función de la empresa contratada porque ahí no cocinan, entonces la comida la traen de fuera y viene helada”, comenta Daniela. Para las 8:30 de la mañana, los pacientes ya llevan más de dos horas despiertos, han pasado 12 horas desde que recibieron un refrigerio de pan con huevo y una fruta antes de dormir y 14 horas y media desde la cena.
Pero todavía tienen que esperar otra media hora para la hora del desayuno, el cual se sirve a las 9 de la mañana. “A las 12 le están metiendo el almuerzo y a las 5 le están metiendo la cena”, agrega. El refrigerio de las 8:30 de la noche es para que no se tomen las medicinas de las 9 de la noche con el estómago vacío.
Las horas de comida son confirmadas por los médicos, excepto la del desayuno, el cual aseguran que se da a las 7 de la mañana. Y confirman las sospechas de Daniela. Los horarios están en función de la compañía que provee los alimentos. “A las 5 es la cena por razones de logística institucional”, comentó Barahona, la directora del hospital.
Sus pertenencias, los horarios y la falta de sus medicinas regulares pasaron a segundo plano esos días. Estaba agotada y parte de su recuperación implicaba dormir. Justo eso fue lo que no pudo hacer.
En su cuarto había dos pacientes esquizofrénicas. Una de ellas escuchaba voces y estaba convencida que en el Seguro Social estaban confabulando para matarla y que los medios de comunicación estaban haciendo un video de su vida. “Entonces todo el tiempo pedía estar arropada de su cabeza y le pedía a una que la tapara. Yo le decía que no porque y si se ahoga...”, recuerda Daniela. Esa paciente, además, pasaba todo el tiempo pendiente de lo que pasaba en la estación de enfermería porque estaba segura de que las enfermeras estaban hablando de ella.
“Siempre me mandaba a escuchar qué estaban hablando en la estación de enfermería, porque estaba segura de que estaban burlándose de ella”, afirma Daniela, quien al regresar le informaba que no era así. Después, la paciente se levantaba y se dirigía a la estación para confirmar el reporte. Un día antes de salir de la hospitalización –el noveno día de la estadía de Daniela en el hospital– la paciente seguía escuchando voces.
La otra paciente esquizofrénica, en cambio, estaba consciente de su enfermedad. Aceptaba que escuchaba voces y que estas no eran reales. La diferencia entre las dos, recuerda, es que esta tenía un esposo y dos hijas que la apoyaban, le hablaban de su enfermedad. Mientras que el esposo de la primera le decía que se dejara de tonterías.
Tener una red de apoyo es de mucha importancia para los pacientes psiquiátricos y es una parte de su tratamiento, según explica el doctor Flores. El hospital psiquiátrico del ISSS no es un hospital de ingreso crónico, es decir que los pacientes no se quedan ahí permanentemente por lo que los objetivos de la hospitalización son que el paciente se reincorpore a la sociedad, disminuir la discapacidad, controlar los síntomas, evitar la recaída y mejorar la calidad de vida.
Lograr esto resulta más fácil en el caso de la paciente con un fuerte apoyo familiar. Para Daniela, la que escuchaba voces, en cambio, salió sin ningún cambio.
En una de las camas del fondo de la habitación en la que estaba Daniela, esas que colindan con las ventanas, había una mujer de más o menos 80 años que todo el día gemía y lloraba. Todo el día. Toda la noche. “Yo me preguntaba por qué nadie viene a hablar con ella. Decía que ella estaba ahí solita, que tenía 80 años, que su hijo ingrato, ingrato... Era esa cantaleta todo el día”, afirma Daniela con un tono desesperado.
Al otro lado de las ventanas está el área social y el inicio de un jardín rectangular que ilumina las habitaciones grandes. El área social es una esquina con una banca de sillas azules en un lado y un televisor colgado de la pared del cuarto. Desde las camas se escuchaba todo, especialmente el ruido del televisor. Y la mujer de 80 años empezaba a gritar que le bajaran volumen.
Para el lunes en la mañana, Daniela estaba exhausta. No había dormido mucho. Ese día tuvo la evaluación de ingreso con los que ella describe como un médico de experiencia y una joven. Estas evaluaciones se hacen en cuartos privados al fondo del área psiquiátrica.
Durante una visita al hospital, guiada por Flores y Barahona, se puede ver en una de estas habitaciones una mesa ovalada de dos metros de largo, con cuatro sillas negras alrededor. Unos cartuchos morados de tela, una caja de pañuelos de papel y un paquete de papel higiénico la decoran.
Dentro de uno de esos cuartos, Daniela tuvo la entrevista. Se sentó frente a un médico de experiencia y a una joven. Les contó sobre su historial, sobre cómo hace 15 años intentó suicidarse tomando un coctel de pastillas, pero no tuvo éxito. Sobre sus recaídas.
A lo largo de los últimos 15 años, desde ese único intento de suicidio, Daniela ha sido paciente de consulta externa del ISSS. Ha pasado por casi todos los psiquiatras dice, pero nunca había estado ingresada. Su condición, explica, es llamada distimia.
Según un estudio sobre la depresión del Instituto Nacional de la Salud Mental de Estados Unidos, la distimia es un tipo de depresión que se caracteriza por síntomas crónicos y afecta al 1.5 % de la población de ese país. Los síntomas se pueden desarrollar en una depresión grave. La clínica Mayo destaca que las causas de la distimia pueden ser bioquímicas, genéticas o ambientales a descripción que hace Daniela de su enfermedad es que se ha sentido así desde que es una adolescente.
Esa entrevista, dice, es de los momentos destacados de su estadía en el seguro. Para bien. Después de hacer una serie de preguntas, el médico se dirigió a ella y le dijo: ¿Qué ha pasado para que usted esté aquí?
Nada, le respondió Daniela. No, insistió él, qué ha pasado para que usted esté aquí. De nuevo, su respuesta fue nada. Ambos se empezaron a frustrar con las mismas preguntas de uno y las mismas respuestas de otro hasta que Daniela alzó un poco la voz y dijo: “Es que no ha pasado nada porque viene pasando desde hace años”.
Continuaron por esa vía y Daniela le explicó que debido a la cantidad de trabajo que tiene acumulado está cansada y frustrada todo el tiempo. Su rendimiento ha disminuido. “Y todo se me atrasa y todo se me derrumba. Entonces yo no hallo qué hacer”, le dijo.
Eventualmente, el médico llegó a una solución: crear caos en su oficina. “Si usted sigue, se sobrepone y se sobreesfuerza. Mientras usted siga haciendo eso, allá no va a pasar nada”. La pueden despedir, sí, pero entonces se atrasarían más. Lo que les conviene es poner alguien que le ayude. “Es un viejo zorro”, comenta Daniela.
Sin embargo, después de esa primera entrevista que le ayudó, no volvió a ver un médico para continuar con el tratamiento. Lo único que hicieron fue aumentarle la dosis del medicamento que ya tomaba. En lugar de media pastilla, tenía que tomarse la pastilla entera. En esa primera cita también solicitó un cambio de cama porque después de dos noches ya no aguantaba los quejidos de la señora de 80 años.
Uno de los problemas, comenta, es que los médicos de edad, de experiencia como el que la atendió ese lunes, lideran los casos, pero no están ahí todo el tiempo. Tanto era su percepción de esa evasión por parte de los médicos que decidió tomar en sus manos el que alguien llegara a hablar con la anciana que lloraba y se quejaba todo el día en su cuarto. Esperó en uno de los pasillos hasta que vio pasar a un psiquiatra que ya la había atendido en otra ocasión, como paciente de consulta externa, y le pidió que contactara a su doctora encargada porque la mujer no paraba de quejarse.
El médico decidió acercarse a la mujer y le explicó que no le podían aumentar su dosis porque estaban cuidando sus riñones. Fue la manera correcta de decirle, afirma Daniela, quien comenta que tanto las enfermeras como otros médicos o engañan al paciente o lo ignoran. “Lo único que le dicen es: ‘váyase a su cama, váyase a su cama. Y si no la vamos a sujetar’. Amenazas, solo con amenazas”, recuerda.
A pesar de que solicitó cambio de cama el lunes, este no llegó. Y al día siguiente, con una dosis más alta de medicamento adentro, no pudo levantarse. Ese martes, las enfermeras la dejaron dormir, pero al siguiente día, no; pese a que todavía no se acostumbraba a la nueva dosis de medicina. Se quedó parada, apoyada sobre una pared.
Como un reflejo de la consulta externa, Daniela asegura que durante su hospitalización nunca recibió terapia individual ni grupal por parte del personal del ISSS. En sus 15 años de experiencia en el sistema, nunca ha recibido terapia como tal, sino que le llama “control farmacológico”. Cada cuatro meses tiene una cita con un psiquiatra que dura alrededor de 15 minutos, en la cual le da una receta para los medicamentos que necesita. “Ahí no hay psicoterapia, no hay grupo de autoayuda, psicoterapia colectiva. Por lo menos, yo pensaba que, como en “Atrapados sin salida” (la película), debería haber algún momento en que nos reúnan, pero no”, dice.
Los médicos del Hospital Policlínico Arce, al contrario, afirman que está estipulado que los psicólogos tengan sesiones de una hora con los pacientes mientras que los psiquiatras de media hora. “Eso depende del médico, pero yo no diría que eso es la generalidad (el control farmacológico)”, comentó la directora Barahona, quien además aseguró que se hace un esfuerzo por hacer un control de calidad.
En cuanto a los pacientes hospitalizados, tanto Barahona como Flores, aseguraron que reciben terapia individual y grupal. Durante la visita realizada, se pudo observar la menos un paciente en un cubículo de un psicólogo.
Dentro del cuarto en el que estaba Daniela se creó un sentido de solidaridad. Las cuatro mujeres que estaban ahí aconsejaban a la anciana y poco a poco empezó a mejorar. Pero después de un tiempo, Daniela empezó a dudar si la combinación de pacientes con condiciones tan diferentes era intencional. “Nosotras la estábamos ayudando y ella siempre nos andaba siguiendo”.
La única actividad que sí había era terapia ocupacional. Esta consiste en que varios pacientes suben al segundo piso del hospital, entran a un cuarto sin la mitad del cielo falso, donde hay tres mesas y hacen manualidades de 9 a 11 de la mañana. El primer día que Daniela fue, el miércoles, la anciana insistió en ir junto a ella, aunque el médico no se lo había indicado.
A Daniela no le gustan las manualidades. Prefiere leer o hacer crucigramas. Por falta de una actividad que le llamara la atención, decidió colorear en una mesa sola. Ya que la mujer de 80 años tenía problemas de vista no podía hacer las manualidades y la trabajadora social decidió llevarla a colorear junto a ella. No –le dijo– no, yo ahorita estoy descansando de ella.
No hay terapia y tampoco hay actividades para pasar el tiempo. Federico, el paciente al que conoció Daniela durante su estadía, también lo percibió así.
En su casa, lo primero que uno observa al entrar es un gimnasio adaptado dentro de la cochera. Una caminadora, máquinas para hacer ejercicios para los brazos, dos bolsas para boxeo hechas en casa con tela ya desteñida por el uso, conocidas como peras de boxeo.
Está sentado sobre un sillón dentro de la casa y nunca se quita los lentes oscuros. Su rutina diaria, cuando no está en el trabajo, que es en otro municipio, consiste en realizar al menos una hora de ejercicio y luego ir a congregarse a una iglesia evangélica. Durante su hospitalización se tuvo que alejar de ambos.
Recuerda que veía la grama del jardín que colinda con los cuartos de mujeres y que le decía a otro paciente que ese fuera un espacio muy bueno para ejercitarse. “No había ninguna actividad”, recalca y cuenta que además del ejercicio tuvo que renunciar a un libro sobre enseñanzas evangélicas.
El jefe de hospitalización del Policlínico Arce acepta que no se permiten libros más que los aprobados por ellos para el uso de los pacientes. En los cubículos del fondo hay una especie de biblioteca. Especie porque consiste en un cuarto de unos dos metros cuadrados con un mueble de dos estantes que contiene libros apilados uno encima de otro de forma desordenada y no verticales como se acostumbra almacenar los libros.
Cuando Flores y Barahona muestran las instalaciones del hospital, una de las pacientes camina a saludarlos y lleva en sus manos uno de los libros permitidos, titulado: “Intimidad: la confianza en uno mismo y en otro”.
Para Federico, quien vive fuera de San Salvador, el mayor problema fue la incomunicación con la que vivió durante 15 días. Unos días antes de ingresar al hospital fue a visitar a su madre, quien padece del corazón, y la vio mal de salud.
Estaba preocupado y durante esos 15 días no supo de ella. Su hijo vive también fuera de San Salvador y no pudo ir a visitarlo y su hija, quien sí vive en la capital, solo pudo llegar una vez porque no podía faltar al trabajo. “Se va a morir y no me voy a enterar”, pensaba constantemente, pero no se atrevió a pedir que lo dejaran hacer una llamada telefónica porque lo iban a avergonzar.
Los dirigentes del hospital comentan que los pacientes tienen la posibilidad de realizar llamadas telefónicas si así se lo solicitan a la trabajadora social. Carolina confirma que así es la práctica, pero le agrega algo más. Ella no pudo hablar directamente con su familia, sino que le dio el número de teléfono a la trabajadora social y el mensaje que les quería dar y ella fue quien marcó y habló con sus familiares.
Su hijo adolescente le llevó de contrabando un lapicero negro en la visita del miércoles y Daniela escribió en una letra diminuta sobre cuatro notas adhesivas amarillas algunas de las experiencias que tuvo y cosas que vio durante su hospitalización.
Lo primero que hizo fue deshacer el lapicero y quedarse solo con la mina de tinta, la cual la guardaba dentro de una rendija de las bandejas para comer ya que estas nadie las revisaba. Después del desayuno, se acostaba en su cama, con la espalda hacia la entrada y escribía. Por si se le olvidaba.
No quería olvidarse de cómo a una paciente la sacaron desnuda de la ducha porque se bañó después de las 8.30 de la mañana y uno de los empleados le gritó “loca” cuando esta se enojó. O cómo a la señora de 80 años la movieron al comedor para dormir en lugar de calmarla. O de cómo el hijo finalmente la llegó a ver y al día siguiente una enfermera inició la mañana comentándole qué ingrato era su hijo porque no la venía a ver. Daniela le dijo que sí había venido, después de la hora de visita y por eso solo pudo estar 15 minutos con ella, pero que había venido. “Qué son 15 minutos para todo el amor de una madre, para todos los años que una madre le dedica a sus hijos”, fue la respuesta de la enfermera.
Para ese momento, a mitad de su estadía, la señora ya había mejorado. Ya no gemía todo el tiempo y Daniela asegura que fue por el trabajo que ella y otras pacientes realizaron. “Me quería jalar el pelo porque nos botaba todo el trabajo que todas nosotras hacíamos con ella. Trabajo que alguien más debería estar haciendo”.
A la señora no solo la dejaban gritando, también la llamaban “la Abuela” en lugar de decirle su nombre. Tanto las enfermeras como los pacientes, exceptuando las que compartían cuarto con ella. En un momento, cuando la señora se empezó a quejar de un dolor en la pierna, las enfermeras -asegura Daniela- incluso la amenazaron con ponerla en aislamiento si no se calmaba. Siete horas después, un médico le dio un analgésico, pero Daniela ya no pudo y fue a quejarse y a pedir cambio de cama, de nuevo.
Al día siguiente, el jueves, cuando las enfermeras pasaron tomando signo vitales, le encontraron el reloj que se había quedado. La regañaron y una de las enfermeras le dijo: “Usted ya tiene tres reportes de mala conducta. Usted nunca colabora” y se fue. Nadie le había informado que tenía un tan solo reporte de conducta. En un momento también le dijeron que la pondrían en aislamiento.
La directora del hospital, Claudia Barahona, y el doctor Flores, jefe de hospitalización psiquiátrica, aseguran que las enfermeras no tienen la potestad de poner en aislamiento a un paciente y que estas reciben entrenamiento para estar en el área. Además, detallaron el proceso por el cual un paciente puede poner una denuncia sobre el trato que reciben por parte del personal. Cuando se les comentó sobre algunas de las quejas de los pacientes, la directora del hospital enfatizó que hay que toman en serio todas las quejas y agregó un pero. “El paciente puede reportar cosas que incluso no son ciertas. La percepción de su realidad está alterada”, comentó.
Tanto Daniela como Federico tienen un empleo estable desde hace más de diez años. Ella, profesional con educación superior, y él en una institución estatal. La percepción de estos dos pacientes, uno con insomnio y otra con distimia, quienes estuvieron en el mismo período ingresados es que el personal no está entrenado adecuadamente para atender a pacientes psiquiátricos. Federico incluso especuló que son ellas quienes requieren pasar consulta psiquiátrica.
Para Daniela, el esperado cambio de cama llegó cuatro días antes de su salida del hospital. Le dieron el alta porque ya era contraproducente que estuviera ahí a pesar de que nunca le dieron un diagnóstico específico más allá de la distimia.
*Los nombres de los pacientes han sido modificados para preservar su intimidad.